SUSCRÍBASE

Violación de mujeres: cuando la culpa es de la víctima

Share with your friends










Enviar

En el caso de la violación de la joven brasileña, los medios masivos se limitaron a atacar la negligencia del sistema de justicia, y olvidaron la cultura que permite este tipo de actos. Radiografía del caso desde Brasil.

“No duele el útero, duele el alma”
Joven violada por varios hombres en
Morro de Barão, Rio de Janeiro

Si la violación de una joven de 16 años por un grupo de hombres (las investigaciones oficiales aún no cuentan con una cifra exacta sobre cuántos fueron, pero se habla de 30) en Rio de Janeiro obtuvo una atención mediática con pocos precedentes, fue porque en las redes sociales se dio una movilización fuerte que los obligó a revelar aquel acto atroz en vísperas de los Juegos Olímpicos.

Finalmente el caso, aunque llamativo por su intensidad y número de victimarios, no es nuevo. El 15% de las violaciones denunciadas en Brasil son perpetradas por dos o más violadores. Brasil es el segundo país con la tasa más altas de feminicidios a nivel mundial y cada 11 minutos una mujer es violentada sexualmente. Además, el 70% de las víctimas de violaciones son niños o adolescentes, según cifras del Sistema de Información de Agravios de Notificación del Ministerio de Salud de Brasil.

Aunque los medios masivos crearon conciencia sobre lo que sucede en Brasil, desviaron la atención del problema cultural para atacar la negligencia del sistema de justicia actual, lo cual no es errado, pero sólo trabaja en uno de los componentes para la erradicación de este problema sociocultural y se limita a mostrar sólo una cara del mismo.

Por ello las protestas y manifestaciones a través de los medios alternativos han sido tan importantes y reveladoras. La indignación colectiva manifestada por las brasileñas responde al cansancio por los constantes abusos contra los derechos de ellas, y a un fenómeno cultural detrás de estas acciones, denominado por los medios y las propias mujeres como la Cultura do estupro (Cultura de la violación). Esa aberrante cultura normaliza y legitima la violencia del hombre hacia la mujer como forma de dominación, ya que se ve alimentada por el machismo latente a nivel latinoamericano. Este pensamiento machista genera entre las mujeres la percepción de que los hombres tienen el papel de dominador y ellas el de sumisas. Como lo expresó a Lo que importa Yasmin Chase, periodista feminista de São Paulo, “una gran cantidad de mujeres a pesar de tener cuerpo femenino, no comprenden su esencia”.

La cultura del machismo es alimentada por las estructuras de poder actuales: el ejercicio de poder institucional y la religión. La primera no permite un ejercicio del poder equitativo, y la segunda construyó un imaginario de objetivación del cuerpo de la mujer y cómo ella constantemente provoca cualquier situación de maltrato. Para la iglesia la mujer es reducida a un plano netamente reproductivo A su vez, este imaginario es alimentando constantemente por los diferentes productos audiovisuales de tipo comercial.

Era de esperarse, por lo tanto, que esta joven fuera juzgada bajo los patrones de la Cultura do estupro, dado que lo primero que ella recibió de la sociedad y de las autoridades fue una serie de cuestionamientos sobre sus actividades e historia: el hecho de tener un hijo a temprana edad (como si eso fuera una predisposición a una relación sexual forzada) y su asistencia un baile de Funk (un espacio típico de interacción entre los jóvenes brasileños). Incluso un artista local se atrevió a insinuar que de haber estado en su casa como “las mujeres de bien”, ella no habría pasado por esa experiencia. Así ella, al igual que muchas otras víctimas, fue castigada a través de afirmaciones que apuntan a que las mujeres debemos cuidar con quién interactuamos, qué espacios públicos ocupamos y cómo vestimos.

Todos estos argumentos sólo consiguen culpabilizar a la víctima, quien de por sí ya tiene que cargar con el hecho de que alguien invadió su cuerpo sin su consentimiento, los traumas psicológicos que aquella transgresión conlleva; y por último la mirada de toda la sociedad juzgando sus acciones, forma de vestir, y hasta qué punto fue violación o fue un acto consentido mediado por intereses económicos o emocionales, como muchas veces se les acusa.

Lo anterior presenta el silencio como mejor alternativa para las víctimas de este tipo de crímenes, lo que las condena al ahogo en su propia tristeza y dolor. El 90% de las víctimas prefiere no denunciar, según estadísticas oficiales del Sistema de Informaciones de Agravio del Ministerio de Salud (Sinan) del año 2011. Y como en una cadena de violencia, la no denuncia alimenta la cultura machista y favorece todo tipo de maltrato a las mujeres. Y, sobre todo, aleja a las mujeres de aquella igualdad que se quiere promover en los diferentes espacios sociales, culturales, económicos y políticos.

Es claro que existe una legislación en cada país que tiene como prioridad la defensa de la víctima. En el caso de Brasil, está la ley María da Penha, la cual nació en el 2006 después de un caso de violencia intrafamiliar traumático para la sociedad brasileña, y que busca la protección de las mujeres ante cualquier tentativa de abuso y establece la creación de centros para la atención del mismo.

Algunas mujeres brasileñas entrevistadas expresaron no tener un conocimiento sólido aquella ley, y las que cuentan con algún conocimiento sobre esta consideran que tiene deficiencias con relación al tratamiento dado a las víctimas, sus horarios de atención al ser comerciales no tienen una cobertura constante y termina siendo sólo un recurso desperdiciado. Por otra parte, como lo expresó a Lo que importa la líder del colectivo feminista Charlotte de São Paulo, Giovanna Melo, el problema no se encuentra en la ley sino en la falta de tacto en el tratamiento del tema. La alternativa, entonces, es vivir en permanente estado de alerta y miedo.

El panorama es preocupante, pero como algunas afirmaron no es un problema nuevo, sino que ahora gracias al alcance de los medios alternativos ha sido posible visibilizarlo. A través de estas nuevas formas de comunicación, ellas han logrado organizar espacios para manifestarse, como lo hicieron en su más reciente encuentro, el pasado 8 de junio: “Ni recatadas, ni de hogar, aquí estamos las mujeres para luchar”.

Este tipo de manifestaciones son un primer paso para crear consciencia. Sin embargo, ellas saben que más allá de llamar la atención del gobierno y la sociedad, para erradicar la Cultura do estupro se necesitan unas políticas públicas más amigables y efectivas. Asimismo, saben que esta problemática requiere de un componente educativo que le haga frente en los espacios académicos y familiares, ya que tienen claro que la formación en temas de género y equidad debe ser integral, de esta forma las futuras generaciones van a tener el poder de lograr que más historias como la de la joven de 16 años no se vuelvan a presentar.

Share with your friends










Enviar


    Artículos Relacionados

    A ella le gusta la gasolina, que la toquen y la zarandeen
    #MeComprometo
    La que piensa pierde… y la que no también
    ¿Cuál es la mejor forma de acabar con la violencia contra la mujer?

    Comentar