SUSCRÍBASE

Un mundo en el que la belleza es blanca

30
Shares
Share with your friends










Enviar

Como antesala a la celebración del día del Día de la Afrocolombianidad, que se celebra el sábado 21 de mayo, publicamos un fragmento de ‘Con fecha de vencimiento’, dedicado a la dictadura de la belleza “blanca” y esas pequeñas exclusiones que sufren las mujeres del mundo que no se ajustan a un estándar creado por los mercados de la moda y de los productos de belleza.

“(…)

El problema de esta hegemonía en temas de raza viene desde el lenguaje mismo. Nadie se refiere a Heidi Klum como “la modelo blanca”, o la representante de la belleza blanca. Heidi simplemente es una mujer bella. Pero sí se hace referencia a la belleza “étnica” cuando se trata de, por ejemplo, modelos negras, asiáticas o latinas. Como si “blanco” no fuera una raza también. Como lo dijo la novelista nigeriana Chimamanda Adichie en su famosísimo Ted Talk ‘El peligro de la historia única’:

“El poder es la capacidad no sólo de contar la historia del otro, sino de hacer que esa sea la historia definitiva. El poeta palestino Mourid Barghouti escribió que si se pretende despojar a un pueblo, la forma más simple es contar su historia y comenzar con “en segundo lugar”. Si comenzamos la historia con las flechas de los pueblos nativos americanos y no con la llegada de los ingleses, tendremos una historia totalmente diferente. Si comenzamos la historia con el fracaso del estado africano y no con la creación colonial del estado africano, tendremos una historia completamente diferente”.

Tal vez el reinado de las “blancas” en la belleza se debe a la dominación de la raza blanca que ha existido durante siglos. Miles de mujeres en el mundo hacen todo lo posible por tratar de “aminorar” sus rasgos raciales para parecer más “blancas”. Por eso, dos tercios de los productos dermatológicos que venden en la India son para aclarar la piel, y el 77% de las nigerianas los utilizan para verse menos negras. Y pasa lo mismo con las tailandesas y las vietnamitas, quienes se untan cuanta cosa exista para aclararse la piel —como unas píldoras blanqueadoras tailandesas cuyo eslogan es “el blanco te convierte en ganador”— y hacen todo lo posible para que el sol no les pegue para no broncearse. En China, en 2014 se realizaron más de 7 millones de cirugías plásticas para lograr un ideal de belleza occidental, como cirugía de doble párpado para redondear los ojos, alargar la punta de la nariz y reestructurar la mandíbula para hacerla más estrecha y alargada.

Esta dictadura racial se ve también en las modelos no blancas que deben enfrentarse a situaciones que las hacen sentir como ‘outsiders’. La modelo sudanesa Nykhor Paul en su cuenta de Instagram, en 2015, denunció esta discriminación contando que muchas veces ha tenido que llevar su propio maquillaje para los desfiles porque los maquilladores no tienen en sus kits de palustres colores para pieles oscuras:

“¡Querida gente blanca del mundo de la moda! Por favor, no tomen esto a mal, pero ya es hora de que ustedes la tengan clara cuando se trata de nuestra complexión. ¿Por qué debo llevar mi propio maquillaje a un desfile, cuando todas las otras mujeres blancas no deben hacer otra cosa que simplemente llegar? No traten de hacerme sentir mal porque soy azul negra, es 2015 (…) Un buen maquillador debería llegar preparado e investigar antes de venir a trabajar, porque casi siempre uno sabe qué esperar, especialmente en un desfile. Dejen de pedir excusas, es insultante e irrespetuoso para mí y mi raza, de verdad que no ayuda. ¡Por lo menos hagan el esfuerzo! (…) Solo porque contraten a pocas de nosotras no quiere decir que tengan el derecho de hacernos ver mal. Estoy cansada de quejarme por no conseguir contratos como modelo negra y estoy súper cansada de tener que disculparme por ser negra. La moda es arte, el arte nunca es racista, debería ser incluyente y no solo para gente blanca”.

Y la actriz Lupita Nyong’o, quien, en su discurso en el séptimo evento anual “Black Women in Hollywood”, dijo: “Ponía la televisión y solo veía pieles pálidas, me molestaban y se burlaban por mi piel de tonos nocturnos. Y mi única plegaria a Dios, el hacedor de milagros, era que me levantara con una piel más clara. (…) Todos los días vivía la misma frustración de ser igual de oscura que el día anterior. Traté de negociar con Dios (…) pero creo que Dios no estaba impresionado con mis elementos de negociación porque nunca escuchó. (…) Mi madre me decía: ‘No se puede comer la belleza. No te alimenta’. No entendí realmente esas palabras hasta que finalmente me di cuenta de que la belleza no era una cosa que podía adquirir o consumir, sino que era algo que yo solo tenía que ser. (…) Espero que mi presencia en las pantallas y en las revistas te pueda llevar, joven niña, a un viaje similar. Que sientas la validación de tu belleza exterior y que te metas en el profundo negocio de ser bella por dentro. No hay matices en esa belleza”.

(…)

Carolina Contreras, activista social y emprendedora en temas raciales, está logrando ir en contra de estándares de belleza represivos con las mujeres negras, esos que las hacen alisarse el pelo, usar pelucas de pelo liso y buscar formas de aclararse la piel. Hoy, la industria del alisado, las pelucas y las extensiones mueve millones en el mundo. Según la agencia Reuters, en 2013 se vendieron mil millones de dólares en champús, relajantes y lociones para el pelo en Sudáfrica, Nigeria y Camerún. Además, estima que la industria alrededor de las extensiones y demás le genera a África ganancias de 6 mil millones cada año. Todo porque los colonizadores europeos les hicieron creer a las mujeres africanas que su pelo crespo no era ¿bonito?, ¿aceptable? Carolina, primero con su blog, y ahora con su salón, les está dando opciones a las mujeres dominicanas. Y ella, sin saberlo, fue una de las inspiradoras de este libro. Cuando hace algún tiempo una amiga dominicana nos habló de ella y de Miss Rizos, supimos que ahí había algo. Que, finalmente, no somos únicamente nosotras las impactadas por una presentadora de televisión hiperproducida, o por unas modelos famélicas. Las mujeres en el mundo, de una forma u otra, hemos sido víctimas de esta historia.

“Enseñarle a una mujer cómo cuidar su cabello es una herramienta de empoderamiento por sí sola”: testimonio de Carolina Contreras

Empecé a alisarme el pelo desde los siete años, pero nunca me lo había planteado como un problema hasta que entré a la universidad. Estaba estudiando mucha teoría sobre la negritud y sobre lo que significaba ser negro y tenía esa necesidad de rebeldía frente a lo que la sociedad me estaba inculcando, sobre lo que tenía que hacer. Y por otra parte, por pura curiosidad. Entonces empecé a dejarme de alisar el pelo. En ese momento, empecé a ver cómo cada mes que crecía media pulgada, la textura era bastante diferente a la del cabello procesado químicamente.

Entonces, al tocar esos ricitos que crecían, me daba mucha curiosidad cómo sería ver y sentir toda mi cabeza así. Recuerdo que la noche antes de graduarme, mi madre vino desde Boston a Pensilvania, donde yo estudiaba, y para ella lo más importante de su viaje era que me alaciara el cabello para el día de mi graduación. Quedó tan lacio que parecía una peluca.

Después de graduarme, me vine a República Dominicana por dos meses para ver el país, a conocerlo, a explorar, y durante esos dos meses pasé por muchos incidentes raciales. Creo que esos incidentes fueron parte de mi motivación para finalmente dar el paso de cortarme el pelo lacio. Yo salía con el cabello un poco alborotado sin ningún tipo de estilización, estaba pasando por ese momento de transición en el que decides no hacerte el ‘blower’ o hacerte el alisado, el cabello va creciendo, entonces se ve feo porque va saliendo todo el cabello procesado. Yo salía a la calle así y la gente me gritaba todas las atrocidades del mundo: que me electrocuté, que si me prendieron en fuego, que debería demandar al salón donde fui, porque asumen que uno va al salón obligatoriamente. Que si necesitaba dinero para ir al salón, que si se me olvidó el peine en la casa… Una vez iba a entrar a una estación del metro y el de seguridad me dijo “tú no puedes entrar aquí porque no estás peinada”. Él se estaba burlando, pero yo lo tomé en serio por la manera como me lo dijo. Pero el incidente que culminó todo fue cuando salí de la ciudad de Santo Domingo al interior, a unas montañas. Cuando bajamos a la playa, había unos ecologistas, supuestamente progresistas, y la profesora me dijo que qué hacía yo al sol, que me iba a achicharrar y que me iba a poner prieta como una haitiana. Insistía en que me saliera del sol. Entonces me le acerqué y le pregunté cuál era su problema con que yo estuviera en el sol, que yo no podía ser más negra de lo que soy. Esa conversación se desarrolló hasta el punto en el que ella me dijo: “No sé de lo que hablas, si te alacias el cabello”. No me alaciaba el pelo por gusto, sino por necesidad, porque la sociedad quería que yo fuera así. Eso pasó y al siguiente día me fui al salón y me corté el cabello. Poco a poco me lo fui cortando hasta que me lo corté todo. Quedé con una pulgada de cabello en la cabeza después de haberlo tenido bastante largo.

Me enfrenté cara a cara con una situación racial en un país que supuestamente es mío, porque yo nací aquí, aunque nunca había vivido aquí. Los Estados Unidos viene siendo un país extraño, y no entendía por qué me sentía tan extraña y tan rechazada en mi propio país. Entonces, el mismo rechazo, esa parte práctica y ese deseo de ser quien yo verdaderamente soy fueron los que me impulsaron a dejar mi cabello al natural en 2010.

La decisión se dio también por una razón práctica, pues me encontraba en un país donde hacía mucho calor y, cada vez que iba a un salón de belleza a alaciarme el cabello, solo me duraba dos días, sudaba y quería lavarme el cabello. Entonces me veía usando constantemente lo que llaman aquí un “bajón”, que es el cabello grande.

La belleza blanca es mundialmente promovida, puesto que la persona que es bella se ve de una manera muy específica, que no se relaciona conmigo, mi cabello, mi nariz, mi color de piel, mis labios gruesos, mi cara redonda. Uno se convierte en alguien un poco invisible. Pero uno quiere ser visible y hace todo por serlo, entonces se torna a cambiarse la nariz, a blanquearse la cara, a alisarse el cabello para poder convertirse en alguien con valor en la sociedad.

En mi trabajo en el salón, una de las cosas más difíciles para mí creo que ha sido contrarrestar muchas campañas que han surgido a raíz de este movimiento de cabellos rizos. Por ejemplo, Dove tiene una campaña donde habla sobre el cabello. Tiene unos videos muy emotivos que ponen a todo el mundo a llorar, de unas niñas que no se querían, que esto y que lo otro. Tú ves esos videos y dices wow, qué chulo, qué bien, seguro están incentivando a que sean ellas mismas. Pero el cabello de esas niñas ha sido alterado por una tenaza caliente. Entonces, ellas están vendiendo una idea de unos rizos perfectos, de un rizo que realmente no existe. Están vendiendo toda esta idea de domar el cabello porque el cabello es indomable, hay que domar el rizo, convertirlo en obediente porque es rebelde. Todas estas campañas que están surgiendo por la popularidad del cabello rizado me parecen que hacen las cosas muy difíciles porque contrarrestan todo lo que yo estoy tratando de enseñar y de cultivar con Miss Rizos, que es que tus rizos son perfectos porque son tuyos solamente, que cada rizo es único, que cada cabello es bello, que porque tu cabello sea bonito no quiere decir que el de la otra sea feo y viceversa. Esas campañas que vienen junto con el movimiento, siento que están impulsando la perfección y la competencia con otros tipos de cabellos. Entonces dicen que hay que regularizar, manipular y domar, pero lo que están haciendo es perpetuar las mismas ideas en un mensaje bastante claro.

Desde el principio de Miss Rizos, me di cuenta de que enseñarle a una mujer cómo cuidar su cabello es una herramienta de empoderamiento por sí sola. Más allá de enseñarle que es bella o que ha de ser quien es, más allá de todo ese discurso de empoderamiento e inspiración, empoderar a una mujer es darle las herramientas para cuidar su cabello. Porque toda su vida le han enseñado a cómo cambiar su textura para que se vea de otra manera, que es más aceptable, más formal, más bella. Tu cabello es una marca inmediata de que tienes algún tipo de afro descendencia, y también marca algo que no es socialmente aceptable. Entonces enseñarle a una mujer cómo manejar eso la libera, la empodera, la inspira.

Mi trabajo es difícil, pero me siento la persona más dichosa del mundo, porque siento que tengo el privilegio de ver día a día el resultado del trabajo. Creo que no muchas personas pueden decir eso de su trabajo. Por ejemplo, van muchas niñas al salón. Cuando me toca peinar a una niña que yo veo que se está mirando al espejo y está sonriendo, y esa niña la trajeron al salón porque en la escuela le hacen bullying o porque ella no ama sus rizos, en ese tiempo que paso con ella puedo enseñarle y hacerla enamorarse de su cabello, lo que a su vez la hace enamorarse de sí misma. Eso no tiene precio. Ella va a ir a su escuela con su actitud y sus energías y su empoderamiento renovado, inspirará a otras niñas que están a su alrededor. No solo le doy las herramientas del producto o el cepillo, sino que le doy las herramientas de las palabras, por ejemplo, cómo reaccionar o qué decirle al amiguito o a la profesora cuando le hablan negativamente de su cabello. Hay muchas mujeres que llegan a su casa, se sientan en una silla y se ponen a llorar luego de que le cortamos la última parte de su cabello procesado. La mayoría no llora porque tienen miedo o porque se sientan feas. Lloran por felicidad, porque se sienten renovadas, liberadas. También hay padres que me dicen: “Gracias por hacer mi trabajo un poco más fácil, porque mi hija no creía cuando le decía que era bella”. Vienen muchas madres con sus hijas, les cortamos el cabello a sus hijas y las madres se inspiran al ver el progreso en el cabello de sus hijas. Las hijas las inspiran para dejarse su propio cabello natural. Eso tiene repercusiones más grandes, porque esas personas van a inspirar a otras personas.

Tomado de MORENO, Maria Fernanda y PELÁEZ, Marcela. 2016. Con fecha de vencimiento. Bogotá: Editorial Planeta, pp. 110-119.
30
Shares
Share with your friends










Enviar


    Artículos Relacionados

    #MeComprometo
    La belleza como solución a la pobreza, a los problemas políticos… ¿y a la gordura?
    La que piensa pierde… y la que no también
    La guerra del marfil

    2 Respuestas

    1. Pingback : Perdonemos – Lo Que Importa

    2. Aireen

      El tema de la belleza de la mujer de piel blanco es algo muy serio en toda Asia, no solo India, Tailandia y Vietnam. Japón, China, Corea, Taiwán etc… Incluso hay cierto racismo con mujeres de otros países como Philipinas e Indonesia, por q sus pieles son un poco trigueñas, asi que la piel negra es todavía más rechazada. No solo usan los productos de belleza sino la ropa con protección UV, en verano puedea ver a las mujeres con sombrero, gafas, mascara para la cara protector para los brazos, faldas largas o pantalón y pretectores para las manos. Todo se consigue en un cualquier supermercado.

    Comentar