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Si lavamos los tomates, ¿por qué no lavamos la ropa nueva?

Marcela Peláez
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Una mancha de colorete en una camisa en el almacén llevó a nuestra autora a preguntarse por la cadena de suciedad que involucra el proceso de producción y venta de la ropa nueva.

Desde el día en que entré a un almacén y me medí una camiseta que tenía una marca roja de maquillaje en el cuello, empecé a pensar en que la ropa nueva es muy sucia. Finalmente, cuántas personas se habrían medido esa misma camiseta, no solo en la tienda donde yo estaba, sino en todas las tiendas en las que seguramente habría estado antes de llegar a esa.

A veces el impulso de estrenar es tan grande que uno no se detiene a pensar en estas cosas. Cosa que sí hace, por ejemplo, antes de comerse un tomate. Antes de llegar a la mesa, pasó por el cultivo, los pesticidas, la recolección, el transporte del cultivo a otro lugar, al mercado, a todos los que tocaron el tomate para ver si estaba lo suficientemente maduro o no, los que lo dejaron en el estante, el que lo compró, y finalmente, el que lo consumió.

Decidí entonces preguntarle a diez conocidos si ellos lavaban la ropa antes de estrenarla. Sólo uno de diez respondió que sí. Les pregunté también si lavaban los vegetales antes de consumirlos. Todos contestaron que sí, incluso, varios de ellos me dijeron que lavaban los vegetales no solo con agua, sino con vinagre y los consumían solo sin piel, debido a la gran cantidad de químicos y sustancias que traían y eran consumidas por el cuerpo.

Con la ropa nueva la historia no es muy diferente. En uno de esos programas sobre enfermedades raras, una mujer había sufrido una reacción alérgica en los pies por culpa de unos zapatos que habían sido guardados con unas bolsas de gel de sílice, que son utilizadas para absorber la humedad. La mujer había comprado los zapatos en Francia, país donde el dimetilfumarato (un fungicida presente en estas bolsas) está prohibido desde 2009, pero seguramente no fueron fabricados allá, o tal vez sí, pero con materiales fabricados en otros lugares del mundo. Esta es una pequeña muestra de la larguísima cadena de producción de esas prendas que compramos y no podemos esperar para estrenar.

Entonces, basta con empezar por el principio, los materiales. Se estima que el 50% de la ropa que se produce en el mundo está hecha de algodón. Y el algodón es el cultivo que más pesticidas utiliza en el mundo. Sólo en Estados Unidos, los cultivos de algodón consumen el 25% de los pesticidas utilizados en todos los cultivos en ese país. Luego de su recolección el algodón debe ser blanqueado, usualmente con peróxido de hidrógeno, procesado, empaquetado y enviado a otros lugares donde se fabrican las telas.

Otros materiales frecuentes en la fabricación de la ropa son el nylon y el poliéster. Estos son hechos de petroquímicos, materiales sintéticos no biodegradables. La fabricación del nylon crea óxido nitroso, un gas de efecto invernadero más potente que el dióxido de carbono. Además contienen químicos y toxinas como soda cáustica, ácido sulfúrico, formaldehído, cloroformo, limoneno, pineno y terpineol, que no son eliminados por completo después de que el proceso de fabricación. Y el rayón, para mencionar otro material frecuente, se produce con pulpa de madera reciclada o bambú de celulosa procesada, mezcladas con sustancias como disulfuro de carbono, ácido sulfúrico, amoníaco, acetona y soda cáustica, para que las prendas puedan aguantar el lavado y uso regular.

A la producción de los materiales le sumamos el factor “sweat shops”, o maquilas, donde algunas de estas prendas son producidas. No entraré en los debates éticos, económicos y sociales que supone esta forma de producción, sino que lo menciono para ver otra parte involucrada en el proceso. Las telas y las prendas son fabricadas en condiciones de salubridad usualmente deplorables, los trabajadores son expuestos a químicos que afectan su salud, y las cucarachas y roedores son visitantes regulares. En este punto del proceso, ya hay una carga enorme de químicos, enfermedades y gérmenes.

Luego de que las prendas son fabricadas, son enviadas a bodegas donde son guardadas y más tarde distribuidas alrededor del mundo. Llegan a las tiendas, algunas guardadas en depósitos, otras exhibidas en vitrinas y otras colgadas en perchas para exhibición, y otras dobladas en anaqueles. Algunas prendas se venden, otras son enviadas a otras tiendas donde se repite el proceso. Y en todos estos momentos varias personas se probaron estas prendas. Ahora pensemos en todos esos clientes potenciales que no se llevaron la ropa a sus casas: ¿cuántos, potencialmente, tenían piojos, por ejemplo? ¿Cuántos cargaban un virus? ¿Cuántos acababan de ir al baño y no se habían lavado las manos?

Con este escueto recorrido espero que quien lea esto piense dos veces antes de seguir su impulso de gratificación instantánea y meta su ropa nueva en la lavadora tan pronto la saque de la bolsa. Así como piensa dos veces antes de comerse una fruta que acaba de comprar en el mercado y tal vez se abstiene de comprar comida en la calle, piense dos veces antes de estrenar.

*Imagen: Artificial Photography
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