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Sobre los roles de género y la homofobia

Emmanuelle Schick Garcia
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“Los homófobos confunden la igualdad de género, o la necesidad de cuestionar los roles tradicionales de género, con transexualidad. Los transexuales son menos del 1% de la población mundial, pero ocupan el 100% de los temores de los homófobos”, escribe Emmanuelle Schick García.

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Cuando tenía siete años, tres compañeros de clase me hacían manoteo en los recreos. Quería evitarlos e ignorarlos, pero continuaban acosándome. Ellos me golpeaban y me gritaban, me decían cosas como “¡las niñas no deben usar chaquetas de jean, te vistes como un niño!”, y “las niñas no pueden jugar fútbol, vete, esta es nuestra cancha.” Nunca nadie me dijo que yo podía reportarlos. Por lo contrario, aguanté.

Un día me arrinconaron, y mientras me daban patadas, se burlaban y se reían de mi, decidí defenderme. Estaba harta de estos tres matones, así que le di un puñetazo en la cara a uno de ellos. La violencia nunca es la respuesta, pero esa acción particular me liberó de mis tres bullys. Las cosas pudieron haberse puesto peor, pero por suerte para mí, se asustaron y finalmente dejaron de molestarme. Esto es lo que sucede cuando nadie interviene, cuando no existen normas, cuando no se enseña nada.

El recién destituido procurador general Alejandro Ordóñez, cree que no deberían existir reglas para proteger a los estudiantes de este tipo de acoso y de la discriminación en Colombia. Que es normal que una niña sea acosada y matoneada porque monta una bicicleta BMX y tiene el pelo corto (como lo tenía yo). Incluso cree que hacer ilegal este tipo de acoso es sólo una estratagema para “adoctrinar a nuestros hijos y nietos en la ideología de género”. Pero si los cambios propuestos en los manuales escolares de Colombia afectaran a los hijos y nietos del señor Ordóñez, ¿los vería diferente? Si sus hijos fueran acosados por ser católicos o fueran discriminados por su religión, ¿querría cambiar los manuales escolares para protegerlos? ¿Los vería como un adoctrinamiento de ideología religiosa?

Cuando teníamos comidas familiares, los hombres se sentaban en la mesa esperando a ser servidos mientras las mujeres hacían todo el trabajo. Siempre sentí que esta división del trabajo era injusta e injustificada, pero la mayoría de los hombres no creían que fuese extraño (excepto mi padre, que, siendo canadiense, lavaba los platos y aspiraba las alfombras).

En un informe publicado por la Unión Europea, se evidenció que las mujeres italianas hacían el 80% de las tareas del hogar, a pesar de que tenían puestos de trabajo y trabajaban las mismas horas que sus maridos. Los hombres defendían su falta de participación en la casa diciendo que era un reflejo normal de los roles de género tradicionales. Para mí, esta es una débil excusa para justificar la pereza y un sentido de derecho. ¿Dónde comenzaron estos ridículos roles de género? ¿Quién decidió que tener una vagina te hacía mejor para preparar comidas? ¿O que tener un pene era un impedimento para limpiar un inodoro?

En 2013 y 2014 marché con miles de homófobos en las calles de París. Protestaban contra el matrimonio de homosexuales, la adopción por homosexuales, y más tarde, contra la iniciativa del gobierno para poner fin a los estereotipos de género (estereotipos como: los niños se convierten en policías y las niñas en enfermeras; azul para los niños y rosado para las niñas). Un gran porcentaje de los manifestantes eran católicos. Creían que los hombres tenían ciertos deberes y las mujeres otros. Y así era como las cosas debían permanecer.

Traté de entender cómo estas personas veían el mundo y por qué era tan importante para ellos mantener estos roles de género tradicionales. “Los hombres deben actuar como hombres y las mujeres como mujeres”, me dijo uno. “¿Qué significa eso?”, le pregunté. “Los hombres son físicos y las mujeres son más tranquilas”, me explicó uno de ellos. En Bogotá le pregunté a un hombre qué podía hacer un padre que una madre no pudiera. Me contestó que un niño necesita el afecto y la ternura de la madre, y la seguridad del padre. Así que le pregunté si un padre no puede ser tierno y cariñoso con su hijo, y si un niño no se siente seguro con su madre. El hombre no supo qué responderme.

Debido a los estereotipos de género, a las mujeres se les ha negado el derecho al voto, al divorcio, a la propiedad, a abrir una cuenta bancaria, a denunciar una violación o la violencia doméstica, a ser médico, a servir en el gobierno, a ir a la universidad, a usar pantalones, y la lista sigue y sigue. Todas estas prohibiciones fueron defendidas, muchas hasta hace poco, con el argumento de que la tradición dicta que estos roles sean así. Le pregunto a los hombres que leen este artículo, ¿cómo reaccionarían si se les prohibiera jugar al fútbol, a convertirse en científicos, o a usar pantalones? ¿Se habrían vuelto feministas?

Antes de 1933, las niñas colombianas no podían recibir una educación más allá del bachillerato. Los hombres han obtenido títulos universitarios desde 1580, mientras que las mujeres colombianas sólo han tenido ese lujo en los últimos 80 años (la Universidad Nacional de Colombia fue la primera en aceptar estudiantes de sexo femenino). Los hombres colombianos les llevan a las mujeres colombianas una ventaja de 353 años en este aspecto. Durante todo ese tiempo, los hombres han tenido acceso a la tecnología, a la investigación, al debate académico, a libros, a maestros, mentores, empleos y a oportunidades. Mientras que todo esto se le había negado a las mujeres. Por ello, las mujeres han tenido que ser más inteligentes, han tenido que trabajar más rápido y duro para demostrar que son tan capaces y competentes como los hombres. También han tenido que luchar contra los prejuicios, las prohibiciones, los estereotipos y el sexismo durante todo ese camino.

Por todo eso es que el ámbito de la educación es tan valioso e importante. Nadie puede negarle, como se le hizo a las mujeres en el pasado, el derecho a la educación, y a la educación libre de prejuicios y de discriminación. Nadie tiene el derecho de negarle a un estudiante el derecho a la curiosidad intelectual y al crecimiento académico, simplemente porque no tiene la misma orientación sexual o género que otro.

Mi hermana es un médico. Hace cien años, esto no habría sido posible. Por el contrario, ella hubiera escuchado de doctores varones, en el comité de admisión, comentarios como estos, incluidos en una publicación médica de 1875:

Para ser médico se necesita una mente aguda y abierta, una educación sólida y variada, un carácter grave y fuerte, una gran cantidad de auto-control, una mezcla de benignidad y resistencia, un control absoluto sobre los sentimientos de uno, vigor moral y, cuando sea necesario, fuerza física. (…) ¿no es la naturaleza femenina justo lo contrario? “

“Las mujeres no pueden perseguir seriamente carreras médicas (…) a menos que dejen de ser mujeres. Debido a las leyes fisiológicas, las mujeres médicas son ambiguas, hermafroditas o seres asexuados, monstruos en cualquier medida. Dejen a aquellos que gustan de tal distinción tratar de adquirirla”.

“Y cuando estén embarazadas, ¿cómo van a acercarse a sus pacientes con sus vientres hinchados?”

(Mi hermana trabajó como residente hasta cuatro días antes de dar a luz, y luego regresó al hospital dos semanas después del parto…)

Si mi hermana hubiera leído el Diario de Medicina y Práctica Quirúrgica, habría leído estos ridículos comentarios:

“(…) Creemos, como la mayoría de nuestros colegas, que las mujeres no deben practicar la profesión médica, tenemos nuestras propias razones. Algunos dicen que las mujeres no están hechas para los duros y repugnantes estudios médicos; su sensibilidad, que es mayor que la de los hombres, les impediría llevar a cabo este tipo de estudios, y su inteligencia no sería lo suficientemente comprensiva (…) Pero esto no es cierto, ya que la experiencia ha demostrado. (…) ¿Qué objeción nos queda? La única verdaderamente seria. (…) El trabajo del médico es absolutamente incompatible con la vida de una mujer”.

“Las mujeres médicas renunciarán al matrimonio; ¡que así sea! Silenciarán sus corazones, sus sentidos (…) reprimirán sus instintos (…) ya no serán mujeres (…)”.

Hoy en día, casi la mitad de los estudiantes de medicina en la mayoría de los países occidentales son mujeres.

La homofobia y la desigualdad de género

De acuerdo con el Índice de Desigualdad de Género de 2014 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Colombia ocupó el puesto 91 de 186 países en equidad de género. Esto sitúa al país por debajo del promedio de la región de América Latina y el Caribe, y por debajo de países como Omán, Libia, Bahrein, y Myanmar. Colombia claramente necesita más feministas – mujeres y hombres que creen en la igualdad de género.

Muchos homófobos parecen olvidar que sus propias hijas, esposas y familiares mujeres se benefician de las feministas que lucharon por la igualdad de género. Si no fuera por esas mujeres valientes, todavía sería permitido que los maridos golpearan a sus esposas sin repercusiones, no habría mujeres médicos, abogadas o ingenieras, y las mujeres no podrían obtener un préstamo en el banco sin la firma de su marido.

Desafortunadamente, la discriminación contra las mujeres tiene raíces históricas profundas en Colombia. La Iglesia Católica, una institución con una jerarquía exclusivamente masculina, es un aliado natural de los manifestantes que se oponen a la igualdad de género y los derechos LGBT. En lugar de luchar por la igualdad, la Iglesia Católica sigue siendo una organización firmemente sexista y homofóbica. Los hombres ocupan todos los cargos poderosos e importantes (sacerdotes, obispos, Papa), mientras que las mujeres están completamente bloqueadas para ocupar cualquiera de estas posiciones.

La Iglesia Católica también discrimina a los homosexuales. Los homosexuales no pueden recibir la comunión, a pesar de que los sacerdotes que han sido declarados culpables de abusos sexuales, pueden comulgar. Un ejemplo de ello es el padre Murphy. Tal vez el arzobispo Oscar Urbina Ortega puede explicar la lógica detrás del hecho de que un homosexual no está autorizado a recibir la comunión, mientras que un violador de niños sí.

Hay muchas cosas que no tienen sentido. Como una pancarta que vi en una marcha contra el matrimonio del mismo sexo: una mujer sostenía un cartel hecho a mano con el dibujo de un niño pequeño que miraba su pene que estaba entre las dos hojas de una tijera. Debajo decía, “quieren que nuestros niños se conviertan en niñas”. La igualdad de género no significa convertir a los niños en niñas, o a las niñas en niños. Se trata de darles a todos los niños los mismos derechos y oportunidades, sin importar los genitales que tengan.

Los homófobos, por desgracia, confunden la igualdad de género, o la necesidad de cuestionar los roles tradicionales de género con transexualidad (una persona que psicológicamente se identifica como un niño, por ejemplo, pero nace biológicamente niña, y puede querer vivir como hombre sometiéndose en ciertos casos a la cirugía y la terapia hormonal para obtener el necesario cambio de sexo). Los transexuales son menos del 1% de la población mundial, pero ocupan el 100% de los temores de los homófobos. Los transexuales son a menudo víctimas de la violencia, el asesinato y la discriminación, simplemente porque sienten que han nacido en un cuerpo que no refleja el género que se sienten. Así que cómo se siente usted amenazado, querido manifestante, es todo un misterio.

Desafortunadamente, los homófobos piensan que la transexualidad y la educación sobre la igualdad de género son muy peligrosos. Temen que si los estudiantes aprenden lo que significa el transexualismo empezarán a preguntarse si son realmente un niño o una niña. En mi infancia vi más de cien películas con historias de amor heterosexual, y eso no me hizo heterosexual. Así que los padres con ataque de nervios pueden estar tranquilos. Si su hijo es LGBT, no fue por lo que aprendió en el colegio, ni por lo que vio en una película.

En la ciudad de Sincelejo, Sucre, miles de personas protestaron en contra de los nuevos manuales escolares. Fue una de las protestas más grandes en la historia de la ciudad. En el mismo departamento, desde 2012 a 2014, circularon 31 panfletos que amenazaban de muerte a las personas LGBT como parte de campañas de limpieza social.

Una amiga mía gay creció en esa ciudad, escuchando sobre las limpiezas sociales y los menosprecios casuales hacia los homosexuales. En las semanas previas a las protestas del 10 de agosto, mi amiga leyó un mensaje homofóbico tras otro en el Facebook de sus amigos que no saben que ella es gay. En sus mensajes, acusaban a los homosexuales de destruir familias, pero nunca explicaban cómo las destruían. Decían que las personas LGBT eran repugnantes y no las querían cerca de sus hijos. Mi amiga no dijo nada porque tiene miedo de decirle a su propia familia que es homosexual, y ni hablar de contarle a los homófobos a quienes llama amigos. En cambio, mi amiga tiene que absorber todo este odio, toda esa desinformación, ignorancia, ira y la estupidez en silencio. Ella debe ignorar esta realidad, ya que es la única manera de sobrevivir. ¿Es eso justo?

Su único acto de protesta fue darle Like a la página de Facebook de Gina Parody. Era una pequeña forma de agradecerle a la Ministra, quien como mujer y como lesbiana, se convirtió en un pararrayos para cada comentario y sentimiento sexista y homofóbico en Colombia. Por desgracia, la gente que hace estos comentarios son la razón por la cual Colombia ocupa el puesto 91 en el mundo en igualdad de género.

Tal vez es hora de que los manifestantes redireccionen sus energías en una dirección más positiva. Tal vez es hora de que se concentren en ayudar a Colombia a salir de su 91ava posición. Y que entiendan que hay que tratar a los demás como te gustaría ser tratado, con respeto, humanidad y empatía.

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