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Perdonemos y montémonos juntos al avión

Maria Fernanda Moreno
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Prefiero montarme en un avión con un exguerrillero, que con un ciudadano déspota convencido de que su cuenta bancaria puede ser proporcional a su arrogancia. Finalmente, un exguerrillero ha mostrado voluntad de hacer las cosas diferente, de ser un ciudadano como yo, como los senadores, como las wikimujeres.

También prefiero votar por el partido político de las Farc, y no por uno de esos partidos cuyo líder “pone” candidatos y los demás lo siguen sin raciocinio, juicio ni distinción. También prefiero a un exguerrillero que quiere llevar su revolución a las urnas, por encima de cualquier otro candidato al que no le da vergüenza recurrir a artimañas para llegar al poder.

Prefiero las gorras verdes con estrellitas rojas, y no uno de esos trajes de tela un poco brillante que usan los abogados que defienden corruptos y se hacen llamar “doctores”. Trajes que solo sirven para recordarnos cuántas veces han tenido reuniones de trabajo en La Picota.

Pero a nadie le debe importar qué prefiero yo, porque en este país hay espacio para todos, mientras no invadamos nuestra privacidad, ni libertad de expresión. Mientras su odio no evite mi sana convivencia con los demás, con los desmovilizados, con los profesores, con los de izquierda, con los de derecha. Mientras sus acciones no desvíen la plata de los impuestos que pago con tanto sacrificio hacia casas en Miami y relojes extravagantes.

Debemos perdonarnos. Todos. Aunque no sea fácil.

Podemos comenzar con dejar ese humor que parte del escarnio del otro, de las comparaciones odiosas, de la mofa hacia las discapacidades o el olor corporal.

Creo que deberíamos dejar de hacer videos o fotos de terceros en aviones. Todos tenemos el derecho a cabecear y babear durante un vuelo, por corto o largo que sea. Ese y el café con agua de dudosa procedencia son dos de los derechos a los que accedemos una vez compramos uno de esos sobrevalorados tiquetes. Sobre todo, si pasamos todo un día en una ciudad hostil y polucionada como Bogotá llevando a nuestra esposa al médico.

Es importante dejar ese clasismo vil que nos permite criticar las decisiones de otros a partir de sus posibilidades. Como alguien se viste o se deja de vestir es, en muchos casos, el resultado de una vida de privaciones. O si alguien no accedió a un jugoso puesto en el Estado y ahora es mensajero, es porque tal vez no pudo pagar el colegio adecuado para hacer conexiones que le abrirían la puerta al “¿usted no sabe quién soy yo?”.

Por cierto, si una esposa de senador puede ser tan cool y regia, es en parte porque su consorte gana un sueldo que se paga con nuestros impuestos: los de la señora de la mochila, los del señor de la gorra con estrellita roja, con los míos, con los de todos. Así que, en rigor, si nosotros les pagamos el sueldo, ellos son nuestros empleados. No son mejores que nosotros.

Y esa es, precisamente, otra clave para perdonarnos: entender que, aunque una vida republicana donde ha primado la inequidad social y económica nos haya hecho creer lo contrario, aquí todos somos iguales. El aporte que los profesores le hacen al país es igualmente valioso al de las enfermeras, al de los conductores de bus, al de quienes recogen la basura, al de las que hacen chistes en televisión.

Hoy Colombia es diferente. Ya comenzaremos a ver en las calles, en el colegio de los hijos, en los buses, en los aviones, a personas que hasta hace algunos meses estaban en el monte echando bala. O al menos esa es la meta, que podamos vivir juntos y ellos, con buen trabajo y dedicación, logren una buena vida.

Pero no habrá paz hasta que desarmemos nuestros corazones. Hasta que perdonemos, nos reconciliemos y aceptemos la diferencia. Hasta que dejemos de insultar a las personas que muestran una opinión diferente, o que tienen una forma de amar no incluida en un libro considerado poseedor de la verdad aun hoy, miles de años después de haber sido escrito por seres humanos fieles a sus tiempos.

No habrá paz hasta que dejemos de dividirnos en hombres, mujeres, cristianos, ateos, heterosexuales, homosexuales, ricos, pobres, “blancos”, negros, exguerrilleros y en señoras divinamente.

No habrá paz hasta que recordemos que todos somos, al final de cuentas, seres humanos.

 

Photo by Alex Block on Unsplash
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