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No podemos ser el país más feliz del mundo

Maria Fernanda Moreno
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Resulta que volvimos a encabezar la encuesta anual de la WIN/Gallup International Association que mide la felicidad de los países. Según esto, somos el país más feliz del mundo. Pero nada más cercano a la realidad.

Alegrarnos porque alguien más dice que somos los más felices, y que por fin nos destacamos por algo positivo es apenas un canto a la bandera sin fundamento. ¿En realidad podemos ser los más felices? No lo creo. Nuestro país y nosotros mismos tenemos tantos problemas que nos alejan de esa felicidad hippie que desde siempre hemos puesto como la meta final. Pensemos no más en los temas políticos que han estado recientemente en la agenda mediática (los que le creen a Uribe en su rechazo al proceso de paz, nuestros legisladores ganando un montón de plata, la corrupción, la posesión de alcaldes vándalos, la posesión de otros que creen que la única solución es venderlo todo). En la lista de problemas también hay varios asuntos económicos (el salario mínimo subió por debajo de la inflación, el dólar pasó la barrera de los tres mil pesos, suben los impuestos, 2016 será todo menos próspero). Y hasta culturales (todavía echamos tiros al aire en el año nuevo, entre otras muchas maravillas). Pero harían falta páginas y varias tesis doctorales.

En este punto ya varios usuarios están blanqueando los ojos y diciendo “aquí ya está de nuevo esta loca energúmena quejándose por todo. Feminista tenía que ser”. Porque precísamente así somos nosotros: preferimos echar guaro y voladores para parecer felices, que quejarnos por lo que está mal. Los colombianos somos conformistas. Además tenemos una visión bastante flexible de la legalidad y la ilegalidad. Aquí somos los más orgullosos seguidores de la corriente maquiavélica según la cual el fin justifica los medios. “¿Que van a acabar con la guerrilla para que podamos volver a la finca? Hágale, bombardee y arrase zonas rurales, que mientras no lo muestren los únicos dos canales de televisión yo estoy bien”, dice el habitante de ciudad principal promedio, mientras responde la encuesta en mención.

Alguna explicación profunda encontrarán los antropólogos y sociólogos para que la “felicidad” sea nuestro estado constante. Pero basta con mirar la superficie para hacernos una idea. Veamos el ejemplo de Natalia y Miguel, dos vecinos del barrio que se encuentran en la calle:

Natalia: Hola Migue, ¿cómo vas?
Miguel: Bien, Nata, ¿y tu?
Natalia: Súper.

Lo que Natalia no sabe es que a Miguel le acaban de robar la moto, a la mamá le detectaron cáncer y el Sisbén no quiere cubrir el tratamiento. Además el papá se acaba de volar con la secretaria de presidencia, y la hermana menor no consiguió cupo en la escuela que le queda cerca a la casa. Pero Miguel está regio, feliz.

Y lo que Miguel no sabe es que a Natalia no le renovaron el contrato de prestación de servicios que tenía en la Secretaría de Gobierno, porque la administración cambió y el alcalde nuevo se trajo a todo su equipo a trabajar con él. Ahora tendrá que buscar otro trabajo, pero Natalia tiene cinco meses de embarazo y sabe que la descartarán de inmediato en todos los procesos de selección. Pero está “súper”.

Parte de nuestra idiosincracia es no querer cargar a nadie con nuestros problemas, o creer que debemos parecer fuertes ante las adversidades, que son muchas.

Esto no sucede en algunos países que les brindan mejores condiciones de vida a sus ciudadanos, y que no aparecen en la mencionada lista. Hace algunos años, mientras hacía una maestría en Canadá, cada vez que veía al secretario de la facultad lo saludaba con el habitual, “Hola Trevor, ¿cómo estás?”, y él me respondía, “not too bad, not too bad” (“no muy mal, no muy mal”). A mí me daban ganas de abrazarlo, sobarle la cabeza y ofrecerle arrunche en posición fetal mientras me contaba sus problemas. Pobre. Semanas después me di cuenta de que ésta es una respuesta comodín de muchos canadienses, al menos de los torontonianos a los que conocí. ¿Será por eso que Canadá no aparece en la lista, aunque tres de sus ciudades siempre aparezcan en el top 10 de los mejores lugares para vivir?

Además, si se fijan en la encuesta de felicidad, el tercer país más feliz es Arabia Saudita, uno de los lugares más represivos del mundo, donde las mujeres tienen la mayoría de sus derechos civiles negados y es gobernado por una monarquía. Pero tienen muchos petrodólares y sus gobernantes saben que mientras repartan los recursos inteligentemente entre los habitantes, nadie se quejará por lo anteriormente señalado.

¿Qué es la felicidad entonces? En el documental ‘Happy’ los realizadores tratan de entender qué es la felicidad y qué la constituye, y encuentran que la felicidad está en tener familia y amigos cerca, y en gozar de unos mínimos recursos para vivir cómodamente. Pues nosotros tenemos lo primero, pero no necesariamente lo segundo. Otra característica de nuestra idiosincracia, o tal vez de la resiliencia que hace posible seguir adelante, es que en Colombia nadie es lo suficientemente pobre ni desafortunado.

Estoy convencida de que si dejamos de conformarnos con lo poco que tenemos, de ignorar lo que está mal, de saltar de la falsa felicidad a la agresividad extrema por la que tanta gente muere al día; y por fín entendemos que nosotros sí podemos cambiar las cosas (votando responsablemente, por ejemplo), seguro dejaremos de ser los más felices, pero avanzaremos un poquitico hacia las soluciones.

[Artículo publicado originalmente en www.susanayelvira.com el 7 de enero de 2016]

Foto: FreeImages.com/MartinWalls
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