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El activista que también era boxeador

Maria Fernanda Moreno
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Muhammad Ali también pasará a la historia por usar su fama y elocuencia para convertirse en un efectivo vocero de la causa afroamericana.

Se apoderó de los titulares, no solo por sus logros en el boxeo, sino por sus comentarios mordaces, rimas, y hasta su incorrección política cuando se burló de la inteligencia de sus oponentes y los comparó con gorilas, como en el caso de Joe Frazier en 1975; o cuando se tomó licencias creativas, casi poéticas, con frases hoy consideradas célebres como “soy el más rápido, el más rudo y el más lindo”, o “yo soy tan rápido que anoche apagué la luz y me metí en la cama antes de que el cuarto estuviera oscuro”, que además de ser graciosas dejaban ver su espíritu, elocuencia y facilidad para generar controversia.

También llamó la atención por su activismo y por usar su fama como boxeador para defender los derechos de los afroamericanos en Estados Unidos. “Estaba determinado a ser el “negro” (nigger, un término de denigración racial) que no era entendido por el hombre blanco”, dijo alguna vez. “Ve y únete a algo. Si no es a los musulmanes, al menos únete a las Panteras Negras. Únete a algo malo”. Esto lo dijo cuando ya había dejado su “nombre de esclavo”, Cassius Marcellus Clay Jr., para convertirse en Muhammad Ali, miembro de la Nación del Islam, un movimiento islámico afroamericano del que también hacía parte Malcom X.

En este momento, la lucha por la igualdad de los afroamericanos tenía varios representantes, y Ali se convirtió en uno de los más destacados. “Los blancos de Estados Unidos nos han linchado, violando, castrado”, le dijo alguna vez a un periodista. “Los blancos son demonios de ojos azules”, expresó en otra oportunidad. Todas, máximas del movimiento religioso que representaba. Pero en 2004, Ali escribió “ya no creo esto. De hecho nunca lo creí. Pero era joven y había oído tantas cosas negativas sobre el hombre blanco”.

Otras, además de escucharlas, las había vivido. Su madre alguna vez contó que uno de los momentos clave de la vida de su hijo fue cuando, siendo adolescente, le negaron un vaso de agua en una tienda por cuenta de su color de piel. También, se vio en aprietos para explicarle a los policías que lo detuvieron, que si corría no era porque se había robado algo, sino porque estaba entrenando para convertirse en medallista olímpico en Roma a los 18. Él había vivido en carne propia los retos de ser afroamericano en Estados Unidos en los cincuenta y sesenta.

Fue así como cuando llegó el momento de pelear por su nación en la Guerra de Vietnam se opuso, aunque por ello le quitaron su título de campeón de pesos pesados que ganó en 1964, la licencia para boxear en todo el territorio estadounidense, le cancelaron su pasaporte, le retiraron millonarios patrocinios, y la prensa conservadora lo convirtió en una especie de paria. “Mi consciencia no me permite ir a dispararle a mi hermano o a cualquier persona de piel oscura, o a cualquier persona hambrienta y en el lodo, en nombre del poderoso y grande Estados Unidos. ¿Y dispararles por qué? Ellos nunca me han llamado “negro” (nigger), no me han echado los perros, no me robaron mi nacionalidad, violado y asesinado a mi madre y padre. ¿Dispararles por qué? ¿Cómo puedo dispararle a esa pobre gente? Simplemente mándenme a la cárcel”, dijo en tiempos en los que podía ir preso por su negativa, y que se convirtió en uno de sus citas más recordadas.

Alejado del boxeo, se concentró entonces en ser un activista por los derechos de los afroamericanos, a ser conferencista en las universidades y a aprovechar cada espacio para rechazar la guerra de Vietnam. Además se convirtió en una especie de portavoz de la causa del mundo en desarrollo, especialmente de los países africanos, en donde era visto como el portavoz más importante de la igualdad racial.

Años después su caso fue fallado como una “objeción de conciencia”, su licencia fue devuelta. Estuvo alejado del boxeo entre los 25 y los 29 años. Para ese entonces había perdido sus mejores años deportivos, o eso creía todo el mundo a la luz de la lógica del deporte. A su regreso, ganó dos veces más el título de los Pesos Pesados, en 1974 y 1978. Además protagonizó algunas de las peleas más memorables del boxeo, como “Rumble in the Jungle”, en Zaire (hoy República Democrática del Congo) en 1974, y “Thrilla in Manila”, en la capital de Filipinas, en 1975 contra Joe Frazier.

Así como su, alguna vez, amigo Malcom X, quien se alejó de la Nación del Islam luego de ir a La Meca y conocer a musulmanes blancos (pues sí había hombres blancos buenos), Alí abandonó el grupo y se convirtió al Islam sunita.

Ali fue lo suficientemente valiente como para ir en contra de lo que se esperaba de él para rechazar una guerra de la que no quería hacer parte, para convertir su boxeo en un arma política, para usar su fama para decir lo que la mayoría de Estados Unidos no quería oír: que el racismo seguía vivo (y hay muchos indicios de que sigue estándolo). Esa misma furia que mostraba en el ring de boxeo la usó para defender los derechos de los afroamericanos, para aprovechar los focos y llamar la atención sobre lo que consideraba importante. Esa misma furia que se fue apagando por un Parkinson temprano, pero que sirvió para mostrar que hay muchas formas de lograr cambios, falta apenas voluntad.

Foto: [1] Dutch National Archives, The Hague, Fotocollectie Algemeen Nederlands Persbureau (ANEFO), 1945-1989 bekijk toegang 2.24.01.04 Bestanddeelnummer 924-3060, CC BY-SA 3.0 nl, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=37191915

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