Domingo, Noviembre 19, 2017
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Mujer come mujer

Maria Antonia Pardo
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Tres historias en una casa y la reciente polémica por el caso de Rosa Elvira Cely, sirven para hacer un llamado a renunciar a esa “ferocidad con la que nos encanta destrozar a otras mujeres”.

A mediados de los ochenta residía en el barrio Los Nogales, en Barranquilla, en una casa blanca que jamás olvidaré. Aparte de ser una construcción esquinera horrorosa, un verdadero adefesio arquitectónico, pasaron allí tantos eventos perturbadores que creo que por eso llevo tres décadas viviendo en apartamentos, lejos de las aceras. Desde allí le temo a las casas, estoy segura. Las asocio irremediablemente con el infortunio. Pero no haré una oda de la vida en bloques de edificios. Tampoco pretendo venderles mi apartamento (aunque es cierto que está a la venta). Y como no quiero aburrirlos y deseo que sí pasen del primer párrafo, iré directo al grano nombrándoles solamente los tres episodios vividos, o más bien padecidos en esa casa, que considero me marcaron. Fueron eventos que moldearon mi carácter y que son el origen de algunos de mis mayores miedos; y me detendré en el último, que es, ni más ni menos, la razón de ser de este texto de desahogo.

Para empezar, en esa casa se metían las ratas a diario. Creo que era el lugar preferido de los roedores de todo el barrio para merendar y merodear, también para parir a sus crías detrás de la nevera. No hubo trampa, veneno o empresa fumigadora que pudiera con ellas; las ratas eran las dueñas del lugar y nosotros unos intrusos bastante ineptos, unos resignados temerosos, unos impotentes ante la omnipresencia de esos bichos desagradables y tan sigilosos como escalofriantemente ruidosos. Ir al baño de noche era una experiencia aterradora para mí, les cuento, así que me aguantaba las ganas, no iba. Prefería quedarme sin vejiga. Desde entonces no puedo ver una rata (siento además que me persiguen). Y desde entonces, que es lo peor, las veo en todas partes.

Aparte de la invasión apocalíptica de esas criaturas de cuatro patas que narré ya sin mayores detalles, por esa casa pasaba, cada que llovía, un arroyo grande arrastrando basura y colchonetas viejas. Y pasó también algo aún más increíble, una escena espeluznante que sigue intacta en mi memoria, pues fui yo quien descubrió a la criatura en la mañana, antes de ir al colegio. Una mujer desconocida (¡cuánto diera por saber quién hizo aquello!) dio a luz a su hija en el jardín del frente, bajo una mata inmensa de púas, una madrugada de esas en las que yo temía pararme de la cama para ir al baño, y la dejó botada en la tierra sin grama, ensangrentada, con su cordón umbilical unido a la placenta. Luego huyó abandonando a su suerte a esa niña blanca, de nariz perfecta y ojos azules, a esa niña cuya cabeza cónica parecía la de un extraterrestre y no la de una terrícola. Ese día, el día que me enteré que los niños nacen embadurnados de sangre, comprendí que cuando venimos al mundo sobrevivimos a un naufragio y constaté también que es cierto eso que relata García Márquez al final de ‘Cien años de soledad’: las hormigas comen de todo, hasta bebés recién nacidos. Bueno, en realidad fue al revés, primero conocí a la niña, años después leí a Gabo. La cosa es que cuando lo vivido se juntó con lo leído, mi visión de la maternidad se vio afectada para siempre. La mamá que soy y la que nunca pude ser tiene que ver con eso que presencié hace tantos años: una madre en fuga, sin rostro, y una niña hermosa a merced de las voraces hormigas.

Y por último, no olviden que la tercera de las tres es la revelación que nos tiene hoy aquí, en esa casa vieja viví mi primer caso de acoso sexual. Tenía diez años.

Todo empezó porque yo quería destacarme en las clases de música obligatorias del colegio al no tocar solo la flauta, como la gran mayoría. Mi mamá, la alcahueta mayor, me compró la bendita guitarra para complacerme. Y también contrató a un joven músico para que fuera a darme clases algunas tardes a la semana. Yo estaba emocionada y confiada. Creía ciegamente que podía aprender y ser buena en cualquier empresa que me propusiera, aún sin talento natural. Eso me había pasado con el baile. Para no alargarles el cuento, no pasó. Jamás aprendí a tocar guitarra ni ningún otro instrumento. Tiré la toalla en el primer intento. La culpa de todo la tuvo el joven músico que iba por las tardes a mi casa, cuando yo estaba sola con la señora que me cuidaba, a enseñarme a poner los dedos en las cuerdas mientras me miraba con ojos de perro degollado y resoplaba bajito, como un globo desinflándose.

De él no recuerdo su nombre, tampoco su cara. No puedo decirles cuánto medía o si era simpático o maluco. Recuerdo, sí, su piel trigueña y su voz dulce, suavecita. Las manos tenían callosidades, eran ásperas. Tal vez no las manos, los dedos, no lo puedo precisar. La primera vez que me tocó lo hizo para ayudarme a coger bien la guitarra, o eso creí yo. Pero su cercanía siempre se sintió rara, pesada. Empecé a sentir miedo. Verlo me atemorizaba. Que me hablara, que me rozara con su cuerpo o con la yema de sus dedos, me causaba pánico. No podía concentrarme ni aprender nada de lo que intentó enseñarme. Comencé a sacar excusas para no tomar esas clases, pero nunca hablé, nunca dije qué pasaba, nunca confesé que ese muchacho que me llevaba por lo menos quince años me decía que me amaba mientras su entrepierna se abultaba. Y no lo hice porque sentía que era culpable. Sentía que era mi culpa porque creí que era cierto lo que él me decía, que mis ojos de dos colores lo habían hechizado. O sea, a mis diez años, creí que yo era la transgresora y él la víctima, ¿pueden creerlo? Tuvo que pasar mucha agua debajo del puente para que yo comprendiera que no puedo en ninguna circunstancia y bajo ningún pretexto compadecer a un hombre que justifica una mala acción escudándose detrás del amor.

Las clases de guitarra acabaron pronto, no duraron ni un mes. De ellas me salvó la señora que escuchaba detrás de las paredes y que de tanto en tanto pasaba por la sala para que le quedara claro al muchacho que estaba siendo vigilado. Ella le dijo a mi mamá que ese joven me veía con ojos de deseo y que no le gustaba para nada su actitud. Y eso bastó para que el tipo no pusiera nunca más su trasero sobre el sofá de la sala. La siguiente vez que el músico fue a mi casa, la señora le cantó, como si se tratara de una broma, un vallenato: “no me la llame más, no me la moleste más”…y lo echó. Cuenta ella que el joven lloró, que pidió explicaciones y que volvió dos veces más. El suceso no pasó de una anécdota curiosa, pues en últimas no me ocurrió nada grave, no manoseó mis partes íntimas, no me besó, mucho menos me violó. Sin embargo hasta ahora, con casi cuarenta años, es que vengo a contar con claridad qué fue lo que sucedió entonces, ¿y saben por qué?, porque ya no padezco del síndrome de Adán y Eva, esa extraña convicción que nos inculcan desde niñas según la cual las mujeres somos culpables del pecado original, pues al tentar a los hombres, ellos, inermes ante nuestros encantos, sucumben sí o sí y caen rendidos a nuestros pies aunque su debilidad les cueste que Dios los expulse del mismísimo Paraíso. Yo ya superé esa tara y por eso no callo ni callaré nunca más un abuso, ¿pero saben cuántas continúan guardando silencio? ¿Y cuántas son condenadas social y moralmente por haber “tentado a un hombre”?

En este 2016 que arrancó con una fuerza inusitada, con una velocidad pocas veces vista, lo que más ha llamado mi atención tiene que ver con actitudes de mi género. Actitudes generalizadas en todos los niveles educativos y sociales, como si fueran inherentes a la mujer, como si hicieran parte de nuestro chip desde los tiempos de upa. El primer día del año, en Ibagué, una mujer fue sacada por la Policía de un carro para evitar que la lincharan por “perra” (aclaremos que en este caso el infiel era el señor casado, no ella); en México, una actriz demandó al jugador colombiano Aquivaldo Mosquera por inasistencia alimentaria, aunque él insiste en no reconocer al menor (en este caso el adúltero también era el caballero, no la dama); en Bogotá, una abogada del Externado, aunque no la bajaron nunca de “reinita” para restarle seriedad y profesionalismo a sus quejas, denunció al Defensor del Pueblo por acosador (quien mandó, entre otras cosas, fotos a su subalterna sosteniendo su miembro). En todos esos casos hubo en denominador común: una jauría de mujeres salió a comer mujeres. (Leer comentarios en los links sugeridos).

Los comentarios femeninos de esas que “no comen cuento” son bastantes parecidos en los tres episodios. Daniela Murcia será recordada como “la perra quita maridos” mientras Luis nunca dejará de ser Luis. A la actriz mexicana, Karla Pineda, la han tachado de “interesada, oportunista y bandida”. ¿Alguien ha pensado en el menor? Pues sí, responden algunas, “¿pero quién le manda a meterse con hombres casados con hijos legítimos para terminar pariendo un bastardo sola? ¡Que se aguante!” Y a Astrid Cristancho, “la reinita”, le han dicho hasta “malparida arribista con cara de prepago”. Las últimas dos han llevado más del bulto porque para completar sus males son bonitas, y ellos “sospechosamente” feos. “¡Obvio, si se fijaron en esos esperpentos seguro fue por plata!”, vociferan en coro. ¿Pero alguna estuvo ahí, le consta lo que pasó? La respuesta es no, no saben, y a pesar de ello, de desconocer la verdad, miles de mujeres se fueron lanza en ristre en contra de Daniela, de Karla y de Astrid, porque sí, porque “tienen cara de”, porque “se les nota que”, porque “de santas no tienen ni un pelo”, porque “dieron papaya”, porque “la mujer propone y el hombre dispone”. Aunque resulte increíble, les dieron más palo a ellas que a ellos.

Es cierto que vivimos en un país con libertad de expresión y que somos por ende libres de opinar lo primero que se nos venga a la cabeza, pero va siendo hora de que le pongamos ciertos límites a la ferocidad con la que devoramos a nuestras congéneres porque por actuar así, como lo hacemos a diario en contra de nosotras mismas, es que acaba de suceder lo inimaginable. A Rosa Elvira Cely, una mujer violada, torturada, empalada y asesinada en el Parque Nacional en el año 2012 por Javier Velasco, ese asesino de mujeres que andaba como Pedro por su casa, la señalaron culpable de su propio asesinato, en un controvertido y revertido concepto jurídico de la Secretaría de Gobierno de Bogotá. El concepto fue emitido por una mujer, la abogada Luz Stella Boada, quien considera que toda la responsabilidad recae sobre la víctima pues fue ella, Rosa Elvira, quien tomó la fatal decisión de salir de clase a tomarse unos tragos con esos dos compañeros de estudio “malosos” que siempre habían mostrado comportamientos raros. A los libretos llenos de esas razones absurdas que ya todos conocemos de memoria (la violaron porque iba de falda muy corta, porque tenía un escote muy profundo, por coqueta, por puta, por ir sola por ese sitio tan oscuro) se le suma ahora ésta: la violaron porque no le pidió el prontuario judicial al hombre que la mató. O sea, estamos muy acostumbradas a matonearnos, a revictimizarnos, a señalarnos como culpables cuando los culpables son otros.

Más que “lenguaje incluyente” para que el idioma deje de invisibilizarnos, lo que necesitamos las mujeres, lo que sí nos urge, es solidarizarnos unas con otras, generar por fin eso que llaman empatía, que no es más que ponerse en los zapatos de la vecina. Seguramente no está bien andar con un hombre casado. Por supuesto que es moralmente reprochable quedar preñada de un hombre que tiene hogar. Obvio que es inapropiado irse de viaje con alguien que te acosa en el trabajo. Claro que es peligroso andar con malosos. Todo eso es así. Pero caerle a esas mujeres “infractoras de la moral” a dentellada limpia es mil veces peor. Y no está bien porque esa actitud tan nuestra, tan femenina, lo que logra es que el silencio ante los abusos se perpetúe, que el abuso quede impune, y que el abusador, generalmente un hombre, se salga con la suya. Esa saña lo que logra es que las víctimas, que seguramente son millones, callen por miedo a ser señaladas, a ser devoradas por sus congéneres, a ser revictimizadas.

Tampoco es creerle a la mujer por el simple hecho de que sea mujer, lo que pido es más simple: es que no lapidemos a las mujeres que se atreven a hablar, aunque dudemos de sus versiones, porque eso contribuye a que muchas víctimas no digan jamás sus verdades y sigan petrificadas en la sombra, mudas. Como callé yo, por temor, cuando apenas era una niña inocente de diez años y vivía en esa casa blanca llena de ratas en donde una madre abandonó a su hija para que se la comieran las hormigas.

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    4 Respuestas

    1. Patricia

      A nuestra familia le pasa algo parecido, aunque hay excepciones de mujeres en cargos públicos que No han perdió su calidad humana, ética y honradez, en nuestro caso quienes más cruelmente nos han tratado son algunas funcionariAs públicas(hasta de los más altos niveles) quienes no tienen reparo en – además de incumplir con sus deberes funcionales – endilgarnos la responsabilidad por los desastrosos resultados de los procedimientos médicos que nos aplicaron en la atención de mi tercer parto, atención del neonato y postparto (www.myfaci.org). La mayoría de funcionariAs públicas que han tenido que ver con nuestro caso ante diferentes instancias, son crueles, despiadadas, inhumanas y perversas. No tienen reparo en constreñir a las mujeres victima, asustarles con que nos van quitar a nuestros bebés, para con esto lograr que no denunciemos estos actos de violencia de las que ellas mismas toman parte. Son las mujeres las más crueles al momento de responsabilizar a las mujeres víctimas de violencia sexual y de otro tipo de violencia. En muchas oportunidades su violencia va encaminada a destruir totalmente la vida de las víctimas, tratando que no seamos capaces de levantarnos de sus ataques, y de reaccionar y para que no continuemos con nuestra justa lucha. NO ES HORA DE CALLAR.

    2. Martina

      Me encanta¡¡ me aterra sólo la idea de decirle perra a una mujer.. fucchiii… o esos impulsos que tenemos de mirarle la pinta a otra vieja con animadversión… porque no decimos tan bonita esa nena,,, como se viste de bien, o que cabello tan play.. pero no, todo lo contrario en muchas mujeres …con cara de envidia , de miedo porque me va a quitar el marido, novio, amante, recurso sexual no je….

    3. Mai Y.

      Totalmente de acuerdo contigo Nany, hace poco comprendí que el juzgar las acciones de las otras mujeres no me hacía más mujer, y que no tenemos ningún derecho de hacerlo porque ninguna es mejor ni peor que otra.

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