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Más allá de los insultos y la decepción en la victoria de Trump

Luke Melchiorre
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Al concentrarnos en la xenofobia, la misoginia y el racismo de las elecciones que acaban de terminar, hemos olvidado escudriñar en las causas políticas, sociales y económicas que le valieron la victoria al candidato republicano.

Para algunos en Colombia, la victoria de Donald Trump en la elección presidencial del martes en Estados Unidos evocó sentimientos familiares de sorpresa y decepción. Al igual que con el plebiscito del mes pasado y, de hecho, con el referéndum Brexit de junio en Gran Bretaña, los votantes desafiaron el consejo de una amplia gama de “expertos” y elites políticas y, en el proceso, probaron equivocadas las predicciones de los medios de comunicación tradicionales y de las firmas encuestadoras.

En los tres casos, la sorpresa se mezcló con decepción, y quienes apoyaron al vencedor en las urnas fueron culpados por los resultados y recibieron todo tipo de adjetivos, muchos de ellos en el campo de lo moral, como “misóginos”, “racistas”, “intolerantes”, “xenófobos”, o, para usar palabras de Hillary Clinton, “una canasta de deplorables”.

Este, en efecto, ha sido uno de los grandes problemas de estos tiempos políticos. Dejar a un lado el debate para centrarse en los individuos y su calidad moral, ha impedido escudriñar en las causas políticas, sociales y económicas de la aparición de fenómenos políticos como el trumpismo. También desvía la atención de algunas de las grandes falencias de los sistemas neoliberales y democráticos que han dado lugar a resultados como los del martes.

En sus escritos, la teórica política belga Chantal Mouffe ha conectado el surgimiento del populismo de derecha en Europa Occidental a lo que ha denominado la “moralización de lo político”. Este fenómeno ha generado un salto de la política de derecha o de izquierda, hacia una política moral de lo que está bien y lo que está mal. Bajo esta concepción, los opositores políticos ya no son vistos como adversarios con diferentes compromisos ideológicos, sino como enemigos, irracionales o malos. Una de las consecuencias de la moralización de la política es que el espacio ideológico entre partidos políticos tradicionales se estrecha, pues las líneas entre derecha e izquierda pierden su importancia. Según Mouffe, en este contexto, el poderoso atractivo de los candidatos anti-establecimiento “se debe a la incapacidad de los partidos de proponer alternativas significativas” que defiendan los intereses de los grupos y clases que representan.

Así, la idea de Mouffe prueba simplistas los argumentos utilizados hasta el momento para explicar la victoria de Trump. No se puede negar que la campaña del hoy presidente electo fue capaz de aprovechar oportunamente una corriente generalizada de racismo, misoginia y xenofobia dentro de la sociedad estadounidense. Como lo señaló el columnista de la revista The New Yorker, David Remnick, fue “un triunfo para las fuerzas nacionales e internacionales del nativismo, la misoginia y el racismo”. Así como no hay duda de que su victoria servirá para envalentonar esas fuerzas y tendencias dentro de la vida norteamericana durante los próximos cuatro años. Sin embargo, una mirada a los resultados sugiere una historia un poco más compleja.

Las estimaciones preliminares de la participación electoral de 2016 sugieren que Trump ganó con menos votos que los recibidos por sus dos predecesores republicanos, John McCain en 2008 y Mitt Romney en 2012, quienes perdieron contra Barack Obama. Trump fue capaz de convertir en republicanos a estados con tradición demócrata, como Pensilvania, Winsconsin y Michigan, con una prevalente población blanca de clase trabajadora. Este resultado es cuanto menos paradójico, pues el multimillonario no solo representa al partido que tradicionalmente ha defendido los intereses de la élite, sino que él mismo se ha vanagloriado de ser parte de ese 1% de la población que posee alrededor del 40% de toda la riqueza del país.

La victoria de Trump tuvo entonces más que ver con ser ajeno al mundo de la política, con mostrarse honesto con sus defectos; con su historia de éxito, y con traer a la agenda política temas y soluciones que, aunque problemáticas, le ofrecían alivio a las expectativas de una base electoral importante.

Paradójicamente, Trump no fue el único en tratar estos temas en la carrera hacia la Casa Blanca. En las primarias el demócrata Bernie Sanders, un socialista autoproclamado que perdió contra Hillary Clinton, hizo énfasis en la cobertura universal de salud, la educación superior gratuita y un aumento significativo en el salario mínimo, todos temas que le importan a este sector de la población, y que han sido indebidamente resueltos por los gobiernos anteriores. En aquel momento, sus índices de popularidad eran más altos que los de Clinton o Trump.

En las elecciones para escoger al candidato oficial del partido, Sanders ganó en Michigan, Wisconsin y New Hampshire (estados en los que Clinton perdió o que le fue mal). Si bien no hay manera de saber si a Sanders le hubiera ido mejor que a Clinton (especialmente por su pobre desempeño entre las comunidades minoritarias, particularmente en el Sur), su éxito en las primarias con los votantes blancos rurales y obreros en los principales estados del campo de batalla del Cinturón de Óxido, ha adquirido un nuevo significado, sobre todo, dada la importancia cobrada por estas circunscripciones en los resultados del martes.

Al igual que Trump, Sanders fue capaz de reconocer que las familias trabajadoras estadounidenses tenían el derecho de sentirse agraviadas y de estar enojadas, y que para muchos estadounidenses los años de Obama no habían sido buenos, algo que Hillary fue reticente a admitir.

Volviendo a las encuestas, las realizadas a boca de urna revelaron un profundo sentido de marginación económica y política por parte de muchos votantes estadounidenses. El 72% de los encuestados creía que “la economía está amañada en beneficio de los ricos y poderosos”, y el 68% también creía que “los partidos y políticos tradicionales no se preocupan por la gente como ellos”. Aunque su evaluación de los males de la sociedad y las soluciones propuestas eran a menudo racistas, xenófobas y se basaban en la desinformación, Trump le habló directamente a estas comunidades afectadas.

La campaña de Clinton, por el contrario, ignoró esta ira de clase y la verdadera fuente de las quejas de estas personas. Así, su campaña obtuvo menos votos que Obama en 2012 por parte de latinos, afroamericanos, mujeres, y blancos de clase trabajadora en los principales estados del disputado Cinturón de Óxido. Algo de esto, sin duda, está relacionado con las nuevas leyes estrictas de identificación introducidas en estados como Carolina del Norte y Wisconsin, que sirvieron para suprimir la participación de votantes miembros de grupos minoritarios.

Es así como los resultados del martes no pueden reducirse únicamente al racismo o a la misoginia. La negativa del electorado estadounidense a elegir a Hillary Clinton no es un producto de la ignorancia de los votantes individuales, sino que es un reflejo de la ira que ellos sienten al haber sido ignorados durante demasiado tiempo por un sistema político que les ofrece poca o ninguna opción.

La condena moral a estos individuos no nos acerca a entender o a solucionar sus quejas y los problemas del sistema político, y sobre todo, no nos ayuda a construir soluciones políticas alternativas más viables. De hecho, a menudo puede servir como un obstáculo para alcanzar esta importante meta.

Esta, también, puede ser una lección para los colombianos polarizados entre un sí y un no.

Foto: Gage Skidmore - CC BY-SA 2.0, Enlace

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