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Maduro y la herencia maldita del Comandante Chávez

Marianna Trivella G.
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2da Entrega
Desde adentro: Maduro y la herencia maldita del Comandante Chávez

A tres años de haber asumido la presidencia y con ella, un período de Chavismo sin Chávez, Nicolás Maduro se enfrenta con las consecuencias de las políticas de Estado impuestas por su mentor. Una herencia maldita, como la catalogan muchos, donde ha tenido que sortearse entre la crisis económica, política y social más grave que ha vivido Venezuela en los últimos 100 años y el compromiso ideológico que lleva sobre sus hombros al ser el elegido para darle continuidad a la Revolución Bolivariana.

Desde que Nicolás Maduro asumió la Presidencia de Venezuela no la ha tenido fácil. Ganar las elecciones por una diferencia menor al 2% frente a su contrincante, el líder opositor Henrique Capriles, sumado a su poco carisma y escasa trayectoria política y académica, lo han obligado a gobernar con una legitimidad muy frágil, la cual ha buscado reforzar cada vez con menos éxito en la figura de Hugo Chávez. Siguiendo la receta que hasta entonces había dado éxitos a la Revolución Bolivariana, ha continuado con las políticas intervencionistas de su Líder, restándole importancia al hecho de que el contexto político y económico ha cambiado.

La bonanza petrolera con la que gobernó Hugo Chávez, donde el barril alcanzó precios históricos de 130 dólares americanos, es asunto del pasado. El precio de los hidrocarburos en el mercado internacional ha ido cayendo progresivamente, al pasar de un promedio de 100 dólares a menos de 30 dólares por barril.

Aunado a esta situación, desde hace algún tiempo la principal empresa del país, Petróleos de Venezuela (Pdvsa), está dando muestras de sus problemas de gestión. Desde 2003, año en que el Gobierno Nacional la intervino a consecuencia del paro petrolero, no han reemplazado por personal especializado a los centenares de trabajadores despedidos por el propio Chávez en cadena nacional. La consecuencia ha sido un progresivo declive de los yacimientos petrolíferos y la falta de inversión para mantener el potencial de producción.

Hugo Chávez no previó que los precios del petróleo iban a desplomarse, a pesar de que otros países productores lo avizoraban desde el año 2008 y empezaron a tomar medidas para palear los bajos ingresos a los que se enfrentarían. Por el contrario, Venezuela derrochó el superávit que su economía generó durante años. Se concentró en aumentar el gasto público, construyendo una mega estructura que en condiciones de austeridad era imposible mantener. En los mejores momentos del gobierno de Chávez, éste se dio el lujo de expropiar a diestra y siniestra industrias de productos y servicios, y si las quebraba por no saber operarlas, sustituía su producción con importaciones. También subsidió sin reparo los alimentos y medicinas, cuyos precios de venta al público eran inferiores al costo de producción, cubriendo el diferencial con el flujo de caja que le generaba la renta petrolera. Eso sin contar las millonarias ayudas económicas que por años le brindó a países como Cuba, Nicaragua, Bolivia, entre otros; así como la creación y el financiamiento de la Unasur y Petrocaribe, entre otras alianzas.

Ante la nueva situación, el gobierno de Maduro se vio forzado a revisar el presupuesto nacional hacia cifras más conservadoras, cuyo recorte rápidamente empezó a tener un importante costo político. Al ver mermados los ingresos, era imposible seguir subsidiando una política social con productos y servicios a precios de venta irrisorios. Si bien el estado venezolano pudo aprovechar la coyuntura para reducir la distorsión económica, desmontando el control de cambio para liberar los mercados y crear confianza para la inversión, la estrategia de Nicolás Maduro se centró en radicalizar más aún las políticas económicas de Chávez.

Durante su primer año de gobierno impuso una serie de medidas sustentadas en la teoría de desarrollar un modelo productivo distinto al esquema rentista petrolero, argumentado en la necesidad de avanzar hacia un proyecto económico social que permitiera un control de las ganancias “excesivas” y la protección del ingreso de la población. Empezó entonces a controlar los precios y ejercer presión en algunos sectores de la economía, generando escasez y un aumento significativo de la inflación.

Uno de los hechos más emblemáticos se dio en noviembre de 2013, cuando la Comisión Presidencial designada para garantizar la disponibilidad suficiente y estable de alimentos, materia prima y artículos de primera necesidad, realizó una inspección sorpresa en la tienda de electrodomésticos Daka en Caracas, logrando detectar que vendían sus productos con un sobreprecio de hasta 1.200%. Por orden Presidencial, en cadena nacional de radio y televisión, esta tienda tuvo que bajar sus precios y ubicar su margen de ganancia en un 30%, lo cual generó que durante los días siguientes las personas hicieran largas filas a las afueras del establecimiento para comprar televisores, neveras, lavadoras, que ahora estaban a precio de “gallina flaca”. Lo que aconteció en Daka trajo como consecuencia un efecto dominó en muchos comercios a nivel nacional, que si bien mejoró puntualmente la percepción de Maduro en la opinión pública (entre aquellos que pudieron aprovechar las “gangas” impuestas por el Gobierno con unos “precios justos”), aceleró dramáticamente la escasez generalizada de productos y servicios, ya que llevó a la quiebra al ya golpeado sector privado que además de tener cada vez menor acceso a la obtención de dólares para la importación, ahora estaban obligados a vender sus productos a unos precios que no le permitían cubrir si quiera los costos de reposición. Esta distorsión que trajo consigo especulación, acaparamiento, baja producción agrícola, retraso en las importaciones y contrabando de extracción, tuvo como consecuencia altísimos niveles de inflación, imposibles de mitigar con los ingresos de los venezolanos, desfasados con la realidad del mercado internacional, cuando el sueldo mínimo está en ocho dólares al mes.

El gobierno venezolano está entrampado en su propio modelo y no encuentra forma de salir ileso de sí mismo. Su control absoluto de la vida nacional le está pasando factura. Creó un estado todopoderoso que estranguló al sector privado, destruyó la producción nacional y la confianza en la inversión. Su naturaleza omnipotente no se planteó una recesión económica ante una caída internacional de los precios del petróleo, ésta lo sorprendió sin ahorros y con la carga a cuestas de una población que volvió totalmente dependiente de sus subsidios y regalos, a la que ya no puede mantener y abandonó a su suerte, a sabiendas que perdería su apoyo para siempre.

Además de no conseguirse harina de maíz para las tan famosas arepas, leche, azúcar, fríjoles, arroz, pan, champú, aceite, desodorante, jabón, pañales y un sin fin de medicamentos e insumos médicos, la crisis ha generado un colapso generalizado. Racionamientos eléctricos a nivel nacional por falta de mantenimiento de las hidroeléctricas y termoeléctricas, escasez de agua potable, a la cual se tiene acceso en días y horas específicas. Graves problemas de salubridad que han desatado enfermedades que se consideraban erradicadas como el Mal de Chagas y la Tuberculosis. Eso sin contar los índices de inseguridad, donde Caracas, su capital, se ubica como una de las ciudades más peligrosas del planeta.

Ante tal caos, Venezuela requiere de una válvula de escape. La población que a diario hace largas colas con la esperanza de obtener algunos productos básicos, ha mostrado en las últimas semanas que su desesperación puede desencadenar una violencia en masa, al registrarse constantes focos de saqueos en distintas regiones del país. El Gobierno ha rechazado todo intento de ayuda internacional por considerarla un intervencionismo a su soberanía.

La oposición crecida tras su rotunda victoria en diciembre de 2015, donde obtuvo la mayoría de los curules en la Asamblea Nacional, ha buscado, sin éxito, tender puentes de diálogo con el Gobierno para tratar los temas más urgentes para el país. Por su parte, todas las iniciativas generadas desde la Asamblea Nacional han sido frustradas por un Tribunal Supremo de Justicia de tendencia oficial. Ante ello, la oposición sabiéndose con las mayorías electorales y apoyándose en la Constitución, propuso la activación del Referendo Revocatorio como mecanismo para salir de la crisis. El Gobierno lo rechaza enfáticamente. Si bien la respuesta del electorado ha sido contundentemente a favor, los entendidos en política aseguran que la crisis es tan compleja que solo la negociación entre las partes dará inicio a un nuevo capítulo en Venezuela, en donde la intervención del sector militar, que hasta ahora no se tiene clara si su tendencia es oficial, de oposición o institucional, jugará un papel determinante en el futuro próximo del país caribeño.

Vea más adelante en este especial:
Tercera entrega: El punto de vista desde afuera – la otra cara de esta historia (próximamente)

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Primera entrega
Desde adentro: El Modelo Intervencionista de Hugo Chávez

 

 

Foto: CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
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    1 Responder

    1. Meris

      Excelente , es exactamente como lo describes. No me queda duda solo Dios que haga su voluntad ! Porque estos delincuentes , se están protegiendo en el país al no aceptar el revocatorio, porque saben que la DEA los tiene vistos, y mientras los pobre que no salieron a luchar el país, porque los tenían entretenidos en una cola, ahora mueren de hambre y angustia, por no conseguir nada. Dios me los bendiga!

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