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Las cosas se llaman por su nombre

Marcela Peláez
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Así como violencia es violencia, machismo es machismo y ningún prefijo disminuye su impacto. A propósito de la más reciente columna de Piedad Bonnet.

Piedad Bonnet dedica su más reciente columna a los “micromachismos” a los que la mayoría de las mujeres estamos expuestas a diario, sea en el trabajo, en nuestras relaciones afectivas o en la cotidianidad, y que simplemente los aguantamos porque “es el orden natural de las cosas o para evitar violencias mayores”, como lo dice en su columna. Se basa en el término acuñado por el psicólogo argentino Luis Bonino, que se refiere a los actos de dominación cotidianos, invisibles y ocultos que ejercen hoy los hombres, también vistos como “pequeñas tiranías”, “terrorismo íntimo” o “violencia blanda”.

Johan Galtung creó a finales de los sesenta el concepto del triángulo de la violencia para representar la dinámica de la generación de la violencia en conflictos sociales. En la punta del triángulo está la violencia directa, o la violencia visible. Esa que resulta en daños físicos y mentales. La base del triángulo está compuesta por la violencia cultural y la estructural, esa violencia invisible, donde pertenecería el “micromachismo”. Por un lado, la estructural produce situaciones dañinas en la satisfacción de las necesidades humanas básicas, y por otro, la cultural, que es legitimada a través de expresiones culturales, artísticas, religiosas y filosóficas.

Según Bonino, ahora en el mundo “desarrollado” los hombres ya no ejercen un machismo puro y duro, ese en el que “predominan los comportamientos violentos, dominantes y desigualitarios”, sino “micromachismos”. Bonino se pega del término de Foucault “micro” para enfatizar en “lo casi imperceptible, lo que está en los límites de la evidencia” para describir estas formas de dominación. Aunque, si son tan imperceptibles ¿por qué hay tanta gente hablando de ellos?

Bonnet expone en su columna algunos casos de esa “violencia invisible”, como desautorizar o ridiculizar a la mujer en público y quitar seriedad a sus opiniones; aniñarla (tú no puedes, déjame a mí), mecanismo que otros denominan “paternalismo reductor”; coartarle el movimiento poniéndole horas de llegada o presionando sutilmente para que no tenga actividades propias; ser hostil con familiares y amigos; declararse incapaz de ciertas tareas (cambiar pañales, lavar la vajilla). Al hacer clic en el artículo compartido desde Facebook, aparecen otros relacionados, como el del sitio web Batanga sobre 20 formas de violencia de género que suelen pasar desapercibidas en la vida cotidiana, en el que incluye casos como, “cuando tu pareja te dice que no te pongas ese vestido tan “provocador” o “cuando te dicen que deberías cuidar tu figura, porque nadie se fijaría en alguien como tu”.

Bonnet tiene razón en cuanto a la necesidad de denunciar este tipo de violencia y visibilizarla, claro. Pero para que surta efecto debe hacerse con letras mayúsculas y sin ese prefijo que puede hacerlo parecer poca cosa ante los ojos de quien lo padece y de quien lo ejerce. Nada de “micro”, ni de imperceptible, ni fuera de los límites de la evidencia tiene ridiculizar a una mujer -o a cualquier persona- en público ni deslegitimar sus opiniones. Como el caso de la escritora Carolina Sanín en el ya afamado suceso en la FilBo, en el que por ejemplo referirse a ella como “la niña” para comentar sobre el hecho, fue un acto violento y machista que resultó en una infantilización y posterior anulación de ella como mujer, como profesional y como intelectual. Esto bien podría catalogarlo el psiquiatra Bonino como un caso de “micromachismo”, pero no, porque de “micro” no tiene nada, así como de “niña” no tiene nada Sanín que ya supera los 40. Entonces, que estos sean actos cotidianos y sutiles no los hace violenticos. Los hace violentos y los hace machistas.

Nadie habla, por ejemplo, de “microalcohólismo” para referirse a un mal que padece un personaje que se toma media botella de whiskey al día en su casa cuando nadie lo ve; ni tampoco de “microbulimia” cuando nadie se entera o tiene evidencia de que una persona vomita cada almuerzo. No podemos entonces pretender denunciar y visibilizar formas de violencia que tantas mujeres sufrimos a diario, si nos acercamos con temor y diminutivos a estas actitudes que están inmersas en nuestra cultura machista.

Pretender crear consciencia sobre estos comportamientos violentos que pueden llevar a actos mayores como el feminicidio, es imposible si les restamos importancia desde el lenguaje mismo, llamándolos “micros”, “imperceptibles”, cuando las consecuencias en realidad son “macro”, y cada vez más evidentes. Hablar de “micromachismos” es hablar soterradamente de una violencia a la que le tememos porque tal vez no queremos ver a los ojos, simplemente porque no es tan gráfica, escandalosa y aparentemente contundente como una puñalada o una herida de bala. Y no hay tal.

Nota: gracias a nuestra usuaria ya corregimos dos errores (una preposición de más y una palabra mal escrita) que se nos fueron en la primera versión de este artículo. 

 

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    A ella le gusta la gasolina, que la toquen y la zarandeen
    #MeComprometo
    La que piensa pierde… y la que no también
    ¿Cuál es la mejor forma de acabar con la violencia contra la mujer?

    4 Respuestas

    1. José David López N.

      Lo de micro no tiene nada que ver con minimizar o hacer ‘chico’. Lo de micro es para referirse a que viene en dosis pequeñas o en expresiones de tipo mas sutil que la violencia del golpe físico o la violación.

      Ni el argentino Bonino, ni la columnista Bonnet tienen la mas mínima intención de plantear algo mas suave, menos importante o de menor valor. Por el contrario, lo que quieren es llamar la atención sobre esas formas (no tan publicitadas o percibidas) de maltrato pero que muchas veces actuan como una verdadera aplanadora en la persona sobre la que se ejercen.

      Fijarse entonces en la expresión ‘mico’ y asumir una lectura tan apegada a la etimología, desvirtúa el significado y la intención de los autores originales. Por lo tanto, en vez de hacer mas, la autora de este artículo termina haciendo menos.

      La producción en psicología y sociología sobre este micromachismo o microviolencia es ya amplia. Van en la línea de denunciarlas, de hacerlas visibles, de alertar a las mujeres para que las eviten o a los hombres para que no las ejerzan.

    2. Jorge

      Los hombres también somos víctimas de “microfeminismo” (y no quiero entrar en el debate subsecuente).

      De hecho, existen las palabras misoginia para indicar el odio a las mujeres y misantropía para indicar el odio a otras personas, independientemente de su sexo u otra condición que las califique. Ahora, estoy buscando una palabra que señale el odio a los varones, por el hecho de ser varones y ¡No la encuentro!

      Básicamente, significa que el odio al varón no está visibilizado, como sí lo están los dos primeros casos…

      Quisiera que desde esta página, tan de avanzada, hicieran visible esa situación por una razón simple: privilegiar a ciertos grupos por encima de otros no le da ninguna altura a quien excluye, más bien lo hace mediocre e indigno de cualquier privilegio.

      No podemos olvidar la filosofía de Malcom X, quien decía que para terminar el racismo hay que desterrarlo primero de la mentalidad del negro y sobre este concepto, pido que no nos sintamos inferiores a otro sólo porque el otro sea de otro sexo, tendencia, cultura, país, religión, raza o cualquier otra condición que lo califique.

      Esta página debe ser para promover la igualdad y no para decir que hay personas que piensan de determinada manera y por eso son inferiores o trogloditas… estaríamos promoviendo lo que aspiramos a erradicar: violencia entre las personas, xenofobia, plutocracia, clasismo y el rechazo al “Think different”….

      grave, grave error

    3. Carolina

      Gracias Marcela por este artículo. Concuerdo con lo establecido ahí; nunca había pensado que tales sufijos suponen un acercamiento tímido a los problemas de machismo y violencia. Hay algunos errores de tipografía: “ya afamado suceso de en la FilBo” (de la FilBo?); “femicidio” (feminicidio).

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