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Las batallas aún pendientes de las mujeres que trabajan

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Pensémoslo bien: ¿fue la entrada al mercado laboral una victoria? Un libro explora por qué tal vez creó unos nuevos problemas a los que hay que hacerles frente. Fragmento.

Simone de Beauvoir escribió en El segundo sexo que la mujer lograba su libertad máxima a través del trabajo, no importaba si era un trabajo de obrero o en el que era explotada. Salir a trabajar, interactuar con otra gente, ganar poco o mucho y suplir sus propias necesidades era la mejor forma de conseguir la tan anhelada independencia, para así librarse de la opresión y la violencia masculina. Y en The Feminine Mystique Betty Friedan nos habló de todos los fracasos y resentimientos que invadían a las amas de casas: muchos sueños frustrados, mucho tiempo libre y mucho resentimiento hacia sus esposos.

La lucha feminista de la primera mitad del siglo XX se concentró entonces en la entrada de las mujeres al mundo laboral. Para ello, un pequeñísimo y caprichoso recorrido histórico: antes de la Segunda Guerra Mundial, las mujeres de clase baja o clase trabajadora aportaban algo de sustento a su hogar, ya fuera trabajando dentro o fuera de la casa. Pero las mujeres de la clase media estaban en sus casas, proveyéndole bienestar a su familia: comida saludable y caliente, ropa limpia y arreglada (recuerden que en tiempos pre fast fashion la ropa se remendaba), casa limpia, sábanas planchadas y todas esas cosas maravillosas que hacen las amas de casa. Pero entonces llegó la Segunda Guerra Mundial, en 1939, y los hombres en edad productiva (para trabajar y para la guerra) se fueron al campo de batalla, y las fábricas y demás espacios de producción de bienes y servicios quedan desocupados.

¿Quién iba a hacer entonces que la economía siguiera moviéndose? Las mujeres. Así que las mujeres que no hacían parte del mercado laboral aún, las de clase media, entraron a ocupar lugares de trabajo abandonados por los hombres. Y cuando los hombres regresaron de la guerra, seis años después, los que estaban sanos quisieron retomar sus puestos de trabajo, pero las mujeres ya no querían volver a pasar sus días como amas de casa. Así que esta voluntad, un activismo exitoso y una economía floreciente permitieron la creación de puestos de trabajos para las mujeres que querían trabajar. Porque parte de la victoria de las feministas moderadas fue permitirles esa opción a las mujeres: trabajar o estar en la casa. Esta es la versión oficial.

Pero cuestionémosla un poco. ¿No era conveniente para la economía tener más fuerza de trabajo? ¿Para qué querían los empresarios que las mujeres regresaran a lavar pañales, si las mujeres ya habían demostrado ser mano de obra capacitada, responsable, con altísima atención al detalle, comprometida, responsable y, sobre todo, barata? Entonces nos arriesgamos a decir que la entrada de las mujeres a la fuerza laboral sí fue una victoria, tanto del mercado como nuestra. Hacemos énfasis en que no fue solo nuestra.

Hoy, ser una mujer trabajadora es atractivo. En ese imaginario creado por los medios de comunicación vemos a la mujer ejecutiva vestida con un traje de diseñador, con unos hipertacones con los que logra moverse con glamur y habilidad, con un pelo cuidadosamente arreglado y algunas perlas. Discreción, asertividad y autoridad distinguen a esta mujer ejemplar. Como de comercial de desodorante que ofrece protección las 24 horas. Por otro lado, el ama de casa debe tener el pelo recogido para que no caigan pelos en la sopa y usar ropa cómoda —zapatos planos y pantalones caqui de dril— que bien pudo haber comprado en un supermercado de esos que tienen segundo piso y escaleras eléctricas dañadas. Usualmente canta mientras trapea.

Comparando, tendríamos a las súper atractivas, esbeltas y exitosas Miranda, Carrie, Samantha y Charlotte de Sex and the City; contra las infelices, alcohólicas y arpías Gabrielle, Susan, Bree y Linette de Desperate Housewives, porque las amas de casa son desesperadas, aunque Gabrielle, Susan, Bree y Linette se vean regias mientras aspiran en tacones.

Ahora cuestionemos este sueño de independencia y libertad. Tal vez no invadimos la fuerza laboral y reemplazamos el trabajo doméstico por uno más glamuroso, sino que ahora hacemos los dos. En los países que conforman la Unión Europea, en 2014 las mujeres dedicaron 26 horas a la semana a actividades relacionadas con los cuidados y el mantenimiento del hogar, mientras que los hombres invirtieron apenas nueve horas de su tiempo, según un informe de la Comisión Europea. El fenómeno ocurre incluso cuando ellos están desempleados. En 2014, en Estados Unidos, mientras que las mujeres desempleadas invirtieron en total seis horas de su día limpiando, cocinando, haciendo jardinería, pagando cuentas y cuidando a los hijos, los hombres en la misma condición invirtieron apenas tres horas. Así mismo, de 65 personas que pasaron la mayor parte de su día viendo televisión, 46 eran hombres y 19 eran mujeres, según la Encuesta del Uso del Tiempo que se hace cada año en Estados Unidos.

Y en 2012, en Colombia, nueve de cada diez mujeres realizaron actividades de trabajo no remunerado (asociado al trabajo doméstico y de cuidados) y dedicaron a ello un promedio de siete horas y 23 minutos al día. Recordemos que una jornada laboral en Colombia es de ocho horas. Estas mismas actividades fueron realizadas por seis de cada diez hombres, quienes al día dedicaron tres horas y diez minutos a ello, según la Encuesta Nacional del Uso del Tiempo del Dane.

(…)

Las mujeres llevamos más de medio siglo de lleno en el mercado laboral, y ocupamos el 40% de la fuerza laboral en el mundo, según la Organización Internacional del Trabajo. Aun así, los hombres siguen manejando la riqueza del mundo. De 1.826 multimillonarios de la lista Forbes, apenas 197 son mujeres, el 11% del total. La mayoría son herederas. Además, según la OIT, somos las dueñas del 30% de todos los negocios, pero estos tienden a estar concentrados en micro y pequeñas empresas. Y seguimos hablando de la “feminización de la pobreza”. En el mundo hay más mujeres pobres que hombres. En 2007, en Estados Unidos, el 13,8% de las mujeres eran pobres, comparadas con el 11,1% de los hombres. Y en Colombia, según el Dane, el 31% de los hogares liderados por una mujer se encontraban en condición de pobreza en 2014, comparado con el 27,3% liderado por hombres.

Y para completar la foto, todavía somos trabajadoras de segunda clase. Menos del 5% de los CEO de las grandes corporaciones del mundo son mujeres, menos del 19% de las juntas directivas de las empresas tienen a una mujer ahí sentada, y las mujeres representamos apenas el 39,9% de las nuevas contrataciones en las grandes corporaciones en el mundo, según la campaña HeForShe de ONU Mujeres.

(…)

Además, ganamos menos que los hombres, un 22,9% menos cuando ocupan el mismo puesto y están igualmente capacitadas, según la OIT. La brecha se amplía en los cargos de coordinación y dirección. Si no se diseña una política efectiva para acabar con la brecha, la OIT estima que la equidad salarial se alcanzará en 71 años, o sea, en 2086.

(…)

Contratar mujeres es hoy como tener una maquila en Camboya: mucha habilidad, pericia, inteligencia, pero por menos plata.

En ese sentido, la persistente brecha laboral contrasta con los logros de las mujeres en materia de educación. Hoy, las mujeres superan en número en los planteles educativos a los hombres y en años de estudio, alcanzando niveles educativos que hace algunas décadas se consideraban improbables. Hoy, una mujer latinoamericana que hace veinte años se hubiera quedado a nivel de primaria, ha logrado terminar el bachillerato, lo que de plano le brinda mejores oportunidades de vida al permitirles mejores trabajos, y un conocimiento mayor de sus derechos y posibilidades en todos los sentidos. Del total de mujeres económicamente activas en Latinoamérica, dice la OIT, el 53,7% ha alcanzado diez o más años de educación formal, comparadas con el 40,4% de hombres. Además, el 22,8% de las mujeres en el mercado laboral tienen educación universitaria, contra el 16,2% de los hombres.

Tomado de:
MORENO, Maria Fernanda y PELÁEZ, Marcela. 2016. Con fecha de vencimiento. Bogotá: Editorial Planeta, pp. 187-192.

¿Entonces todavía podemos hablar de una victoria feminista y de una batalla ya ganada? ¿Entonces ya podemos sentarnos a gozar de nuestro privilegio? Tal vez todavía hace falta un poquito.

Foto: Wikimedia Commons  

 

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