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La paz de un país que solo ha conocido la guerra

Maria Fernanda Moreno
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No tuvimos que aprender a vivir con la guerra, pues nacimos en ella. Ahora la oportunidad es aprender a vivir en paz. Testimonio que sirve como historia de una generación.

Nací en 1982 en Bogotá. Tengo imágenes vagas de mi mamá viendo la toma del Palacio de Justicia, creo recordar la pantalla del televisor con las llamas, y la conmoción de mi familia. Ahora, cuando he ahondado en cómo se fabrican las imágenes mentales, es probable que la haya construido en mi mente. Pero ahí está: un edificio ancho en llamas. Mucho dolor y muchas preguntas que pronto languidecieron con la imagen mediática de Omaira, y que son recordadas cada aniversario con los desaparecidos del Palacio, los procesos judiciales que se reabren y las efemérides que nos gustan tanto.

Luego vino la llamada de mi mamá a la casa de mis abuelos a preguntarnos cómo estábamos, y si habíamos oído el estruendo tras la bomba del DAS. También, mientras mis papás veían el noticiero, me enteraba de una nueva bomba en Medellín, de lo que pasaba en Cali. De un señor Pablo Escobar que prefería una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos. De un presidente muy viejo al que se le traspapelaban las hojas de sus discursos, del que luego aprendí que tuvo una mano dura frente al narcotráfico, y que le tocó un gobierno muy difícil entre 1986 y 1990. Recuerdo las cortinillas de unos noticieros con nombres raros, y que por un tiempo abrieron con las fotos de unos periodistas secuestrados que debían ser “liberados ya”. Los mismos noticieros que nos trajeron la noticia sobre el asesinato de Galán un viernes en la noche.

También recuerdo a algunas amigas del colegio llorando cuando mataron a Bernardo Jaramillo, y luego a Carlos Pizarro. En ese entonces no entendía qué era la izquierda, ni sabía que Jaramillo era miembro de la UP, un partido cuyos miembros fueron asesinados u obligados al exilio; ni que Pizarro había hecho parte de un proceso de paz como líder de un grupo guerrillero que algunos universitarios fundaron en rechazo a la corrupción política. Aunque sí entendí que, como en las series de lejano oeste que pasaban en el Canal A, la gente mataba por poco y que los asesinatos eran una estrategia política.

Mientras tanto, en el colegio me hablaban de la Guerra de los Mil Días y de cómo abrimos el siglo XX con una confrontación que dejó cien mil muertos, el equivalente a un muerto por cada cinco familias, y no se sabe cuántos miles de lisiados o desplazados, escribió Rafael Pardo en su Historia de las guerras. Así, Colombia recibió el siglo en el que nací con su última guerra civil, en la que se imprimieron billetes para financiar la guerra, lo que produjo una inflación del 20.000%.

Luego hubo cuatro décadas en relativa paz, pero en las que ahondamos en unas condiciones estructurales que dieron paso a La Violencia.

Sobre La Violencia me habló por primera vez mi profesor de español. No recuerdo su nombre, pero sí que le encantaba la poesía y que la recitaba con un ceceo. Él nos puso a ver Cóndores no entierran todos los días con Frank Ramírez. Ahí vi que la gente en Colombia se mataba por colores. Porque ni siquiera eran ideologías, eran colores. Eran familias. Y años después, por cuenta de Daniel Pecaut, o alguno de esos investigadores a los que les interesa entendernos, supe que si en Colombia no tenemos una identidad partidista y que mi abuelo se declaraba Liberal por que sí, fue porque durante La Violencia la pertenencia a un partido era un asunto de lealtad familiar. Era más sencillo ser conservador si el papá y la mamá eran conservadores, así el hijo no tenía que declararlos enemigos. No importaba si quienes “tenían sangre azul de metileno” defendían un modelo opuesto a las ideas de ese hijo. Así llegamos a no tener ni idea qué es lo que defienden los conservadores, ni qué defienden los liberales, por lo que en nuestro país es muy posible que haya congresistas liberales que son más conservadores que el mismo Procurador.

La Violencia llegó a su fin con el Frente Nacional, un acuerdo que en el colegio y el pregrado me mostraron como la solución ideal: los partidos repartiéndose el poder democráticamente. Porque claro, somos la democracia más antigua de Latinoamérica. ¿Democracia? El Frente Nacional fue un arreglo institucional que profundizó la corrupción y desigualdad en Colombia. Dos partidos dirigidos por élites que se repartían el poder a dedo, y que aunque había elecciones en el papel, no había sorpresa sobre quién nos gobernaría. Los mismos con las mismas.

Todo esto fue el escenario ideal para el nacimiento de las Farc en 1964. Aunque como lo señala Pardo en su libro, los orígenes del grupo guerrillero vienen de mucho antes, y si hay que fijar un momento, podría ser 1948, año del asesinato de Jorge Eliércer Gaitán.

Las Farc son el enemigo, fue la lección de las lecturas asignadas en mi clase de Historia de los conflictos colombianos en mi universidad conservadora; de los mensajes de los medios de comunicación, y de las conversaciones de quienes pueden costear cafés y almuerzos en el Parque de la 93 de Bogotá.

Así, por un tiempo le di oportunidad a la guerra para llegar a la paz. Esa idea con la que en Colombia abrimos el siglo XXI, según la cual una derrota militar era la mejor victoria. Y quise creer que funcionaría. Aunque nunca le di un voto, sí alcancé a entusiasmarme con la promesa: una guerrilla acabada, un país en paz. Y lo hacía desde mi ciudad, mi universidad privada y mi lugar de privilegio.

Pero pronto, apenas profundicé en mi ejercicio periodístico, supe que una estrategia así estaba causando mucho dolor: muertos, desplazados, polarización política, resquebrajamiento de las comunidades por cuenta de unos informantes que no tenían la paz en su corazón, sino la venganza y el odio. Pronto supe que las personalidades mesiánicas y belicosas eran peligrosas, y que el odio nunca nos salvaría.

Ya luego tuve que aprender que las Farc no eran unos villanos tipo Power Rangers, en los que los malos salen de la nada, o vienen en una nave espacial. Las Farc salieron de un complejo caldo de cultivo gestado en años de vida republicana: marginalización política de la mayoría, desigualdades campo-ciudad, corrupción, persecución política entre izquierda y derecha, peleas por los poderes municipales, una Guerra Fría que justificaba la persecución a comunistas, y la existencia de un país tan fragmentado, que los ricos urbanos son muy pocos y cuentan una historia muy diferente a la de los ricos rurales, que también son muy pocos. Y ellos, que tal vez no son más del 1% de la población en Colombia, hablan más duro y fijan las normas que el otro 99% –que ha vivido en un país muy diferente al de ellos– viven, respetan y padecen. Ese 1% que recibe el 20,4% del ingreso nacional, posee los medios de comunicación, la mayoría de la tierra y los medios de producción.

Por todo esto hoy celebro el último día de guerra. No porque las cosas vayan a cambiar con una firma, ni porque la paz sea el fin último, porque hoy entiendo que no lo es. La paz es simplemente un medio para alcanzar otros fines, un ambiente en el que podremos ahora enfocarnos en otros temas: en lograr justicia en el campo, en lograr una representatividad más justa e igual para los colombianos que hoy no están representados por el Ejecutivo o el Legislativo; donde las víctimas sean reconocidas y tengan sus derechos garantizados; donde no sean los corruptos los que fijen los procedimientos; donde haya una izquierda a la que se le respete la vida y que pueda balancear el poder de la derecha; donde un paro agrario no sea concebido como la pataleta de unos pocos revoltosos, sino que entendamos que no hay zona donde se viva mayor injusticia que en el campo colombiano, como me lo demostró con casos y cifras mi profesor de Economía del Desarrollo, un canadiense que sabe más de Colombia que muchos colombianos, simplemente porque no ha estado viciado por nuestras prevenciones y polarización, ni por lo que se dice en los cafés y en los noticieros.

Hoy lloré cuando las partes firmaron el acuerdo para el fin del conflicto, de una forma que nunca tuve que llorar por la guerra. Porque en mi burbuja privilegiada la guerra no me tocó directamente: ni un secuestrado, ni una bomba, ni una extorsión, ni un asesinato. Ni la pobreza, aunque siempre la he visto. Pero celebro que el futuro de este país será mucho mejor cuando todos vivamos en paz. Porque la vida de los hijos que todavía no tengo será mejor que la mía, sin que tengan que darles sentido a noticias de catástrofe, y que cuando vayan a votar no deban tener que decidir entre la guerra y la paz, ni sobre las vidas de los que viven en zonas muy apartadas donde la guerra sí llega. Un país en el que quienes nos gobiernan no sean nuestros salvadores, sino que sean sujetos de control político, de movilizaciones, de crítica. Un país en el que la paz se dé por sentado y tengamos la oportunidad de enfocarnos solo en construirla día a día.

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    4 Respuestas

    1. Juan Cruz

      Maria Fernanda Moreno, El proceso de Paz de las FARC-EP con el gobierno de Colombia, no es el primero ni el ultimo esperamos que los ciudadanos militantes de las FARC-EP se reintegren a la vida civil, a hacer ejercicio de los derechos y deberes para con nuestra Patria. Esperamos también que el ELN se acoja a un proceso de Paz y podamos construir una Colombia mejor.

      A los Poderes Ejecutivo y Legislativo decirles, que hagamos todo lo necesario para acojer a estos hermanos colombianos que pronto se reintegraran a la vida civil.

      Sobre el voto del Plebiscito, solamente les decimos que voten teniendo en cuenta que aunque se firme la Paz, si no nos amamamos unos a otros jamas podremos construir Paz, amar es impartir justicia, es gobernar y legislar respetando normas, leyes y preceptos, amar es ayudar a quienes tienen necesidades insatisfechas con la implementación de programas y proyectos desde los gobiernos Nacional, Departamental y Municipal.

    2. camilo

      esto es lo que me preocupa a mi uno de los puntos del pliego de peticiones aprobado

      3.4.5 “integración de un cuerpo élite contra organizaciones, conductas y personas q no estén de acuerdo con FARC y el proceso”
      A las FARC y a sus amigos se le borrarán todos los antecedentes penales

    3. Andres00

      Muy buena reflexión María Fernanda. Esas personas que se han encargado a desprestigiar el proceso vienen de un sector privilegiado donde no les ha tocado la violencia directa. Esta es la oportunidad en que todos los colombianos construyamos país día a día

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