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Navidad en tiempos del impuesto rosa

Maria Inés McCormick
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El mercadeo dividió la infancia en azul y rosa. La ropa y los juguetes se centran en los colores que el mercado escogió para diferenciar a los niños y las niñas. Lo irónico es que la versión rosa de los productos infantiles es más costosa.

Se acerca la Navidad y, al igual que millones de padres en todo el mundo, estoy en la tarea de buscar el regalo perfecto para mi hija que pronto cumplirá tres años. El año pasado le compramos una patineta de tres ruedas (scooter) porque se había antojado en el parque luego de ver a varios niños jugando. La buscamos en Internet y vimos con sorpresa que la patineta rosada era diez euros más costosa que la versión azul, verde o amarilla. Como lo importante era que rodara, le compramos una roja. Eloïse se divierte con su patineta, pero quizás en unos años, cuando este más grande y sea ella la que escoja, seguramente nos pedirá la rosada. Eso no solo sucede en Francia. Una amiga en Buenos Aires pasó por el mismo chasco cuando su hijita de tres años miró con desgano el triciclo naranja que le había traído Papá Noel y se quejó diciendo que le había traído un regalo de niño.

Poco importa que el arco iris tenga siete colores y que sus combinaciones ofrezcan una paleta inimaginable de matices y tonalidades, si naciste niña el mercado ya decidió de antemano que los productos que harán parte de tu vida serán rosa, fucsia y, en algunos casos, violeta y blanco. Colores que simbolizan la sensibilidad, la ternura y la dulzura, lo que para muchos es sinónimo de lo femenino. Visiten una tienda de ropa infantil y traten de encontrar una prenda que no se rija bajo esas normas. Es como hallar una aguja en un pajar. Puede que se crucen con un saco amarillo, celeste, rojo, naranja o verde, pero será la excepción a la regla y lo encontrarán luego de visitar muchos almacenes.

Lo anterior no dejaría de ser anecdótico, sino fuera porque el mercado nos hace pagar más caros los productos por el simple hecho de ser rosados. El impuesto rosa (pink tax en inglés), es el nombre con el que se conoce al incremento de precio que se le aplica a un producto en su versión femenina. Hagan el ejercicio la próxima vez que hagan mercado y comparen cuánto valen los desodorantes, champús, cuchillas desechables y cualquier otro producto que venga empaquetado para público femenino con un producto para hombre o genérico. Si bien las empresas se justifican diciendo que los productos para mujeres utilizan materias primas más nobles y responden a necesidades específicas que encarecen el precio, la discriminación es evidente cuando el objeto en cuestión no tiene funcionalidades ni características que lo diferencien más allá del color.

Un estudio realizado en 2015 por el New York City Consumer Affairs titulado “From cradle to cane, the cost of been a female consumer” (De la cuna al bastón, el costo de ser una consumidora femenina), comparó cerca de 800 productos con versiones masculinas y femeninas pertenecientes a 90 marcas y vendidos en dos docenas de comercios en Nueva York, incluidos almacenes y tiendas virtuales. El estudio arrojó que las versiones femeninas de juguetes y accesorios son un 7% más costosas y la ropa para niñas es un 4 % más cara. La diferencia se acrecienta con la edad y la categoría, siendo la ropa para mujeres 8 % más costosa y los productos de cuidado personal un 13% más caros.

Los expertos en marketing aseguran que el precio obedece al tire y afloje entre la oferta y la demanda y que el valor se ajusta a la capacidad de pago del cliente. Si las mujeres están dispuestas a pagar más por un producto “especial”, pues que paguen. Nadie las obliga a comprar productos “femeninos” o rosados. En teoría es cierto, pero en la práctica no es tan fácil. Vivimos en la hegemonía del rosa. Vayan a una tienda de juguetes y miren como las góndolas están separadas por género. La sección de niñas es monocromática. Podemos conseguir castillos, juegos de construcción, carros y hasta maletín de médico, pero eso sí todo debe ser rosado para justificar que esos juguetes, otrora masculinos, tengan cabida en el universo femenino. Como si en la vida real las mujeres viajáramos en autos y aviones rosados como los de la Barbie.

Varios colectivos en Inglaterra como Let toys be toys adelantan campañas de sensibilización para que los consumidores les exijan a las jugueterías y almacenes de distribución que no clasifiquen los juguetes por género sino por categorías. De esta forma, las cocinitas, las manualidades, las muñecas, los trenes, los helicópteros y los juegos científicos estarían dispuestos, según el tipo de función que realizan, en lugar de seguir confinados a los estereotipos de género. El objetivo es que sean los propios niños los que se acerquen a los juguetes que les atraen y los descubran sin sentirse intimidados. Al final de cuentas, hay niñas que adoran las princesas y, otras, a las que les gustan los dinosaurios; así como hay niños que juegan con carros y, otros, a los que les gusta ser chefs y preparar la comida en la vajilla de plástico.

Una de las iniciativas más exitosas en la tarea de romper estereotipos es la de Goldie Blox, una empresa estadounidense que en 2012 sacó al mercado una línea de juguetes científicos para niñas, donde las protagonistas son ingenieras e investigadoras. Los divertidos comerciales muestran cómo las niñas, con sus falditas con escarcha y sus trenzas, construyen edificios, juegan con poleas y realizan experimentos. Aprenden jugando y, sobretodo, se divierten. Descubren que el mundo es amplio y diverso y que sus gustos no deben estar restringidos a los roles tradicionales.

Criar a las mujeres del futuro no es tarea fácil, pero desde ahora podemos ayudarles derrumbando las barreras que la sociedad se empeña en construir alrededor de ellas. Esas luchas no solo se limitan a ofrecerles una buena educación, una alimentación equilibrada y acceso a los servicios de salud, también es importante trabajar desde lo simbólico para que no traguen entero y se atrevan a cuestionar los mensajes tradicionales con los que se asocia a la mujer. Lo femenino es una explosión de color, no una empalagosa mancha rosa.

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