Domingo, Noviembre 19, 2017
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La guerra del marfil

Iván Hurtado
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Por cuenta de sus complejas relaciones sociales, matar a un elefante de una manada es prácticamente destruir a una familia. A pesar de ello, cada quince minutos uno es asesinado por cazadores furtivos. Esa es la historia del documental de Netflix, ‘The Ivory Game’. Reseña.

Uno de los lugares de interés para el turista en Nairobi, capital de Kenia, es el orfanato de elefantes de David Sheldrick, donde el visitante tiene la oportunidad de ver de cerca a dos grupos de elefantes bebés mientras sus cuidadores los alimentan, a falta de leche materna, con una fórmula de leche enriquecida. El orfanato se dedica al rescate y la rehabilitación de los elefantes que han perdido a sus madres por uno u otro motivo: tras quedar atascados en pozos o en el barro, luego de una enfermedad o, por supuesto, debido a la caza furtiva. Mientras alimentan a los pequeños elefantes, sus cuidadores cuentan bajo qué circunstancias fueron encontrados. Allí supe que en ocasiones, al escuchar cómo las hembras de una manada habían sido asesinadas para removerles los colmillos, algunos turistas de Asia se quitaban aretes y collares y, entre lágrimas, los tiraban al piso.

El del marfil es un negocio multimillonario y violento, que empieza en las sabanas de África y termina en las repisas, principalmente, de países como China y Vietnam, donde su comercialización está regulada pero no prohibida. Nairobi, Tsavo y Amboseli, en Kenia; Manyara y Arusha, en Tanzania; Kampala, en Uganda; Zambezi, en Zambia; pero también Beijing, Hong Kong y Vietnam, son algunos de los puntos principales de la cadena del marfil, y a todos ellos nos transporta el documental de Netflix ‘The Ivory Game’ para mostrar el papel que desempeñan en el camino hacia la extinción del elefante. No es esta una exageración: cada quince minutos un elefante es asesinado por cazadores furtivos, y el jefe de seguridad de la Big Life Foundation en Kenia, Craig Millar, señala que la extinción de la especie juega a favor de los intereses del traficante: entre menor la oferta, mayor el precio.

El tráfico de vida salvaje, que incluye los productos derivados de animales salvajes, es considerado una de las cinco actividades ilegales más lucrativas del mundo. La película de Richard Ladkani y Kief Davidson permite atisbar un poco el éxito del negocio: a un masái de 64 años, en Tanzania, le incautan dos colmillos por los que le pagaron en total 250 dólares. Ambos colmillos pesan 30 kilos; según las estimaciones de Elisifa Ngowi, jefe de inteligencia de la fuerza operativa de Tanzania, un traficante puede conseguir hasta 3.000 dólares por kilo en el mercado asiático. Ngowi está detrás del mayor traficante de marfil de África, Boniface Mariango, conocido como Shetani, un apodo que se ganó por su crueldad y que en suajili significa “el diablo”, considerado responsable de la muerte de más de 10.000 elefantes. Gracias a esta persecución, que se extiende por tres países del este de África, el documental se puede ver en ocasiones como una película de acción, salpicada también con operaciones encubiertas no exentas de reveses que pueden salir muy caros, pues los cazadores furtivos en África van armados y no tienen problema en disparar a elefantes y personas (el príncipe William, patrocinador de Tusk, también hace su aparición en la película, donde dice que en los últimos diez años más de mil guardas han dado su vida por la conservación), en tanto los traficantes de Asia, que aprovechan sus negocios legales para lavar el marfil ilegal, suelen estar relacionados con mafias y bandas violentas.

Según Millar, “Los elefantes a veces esconden sus colmillos, en presencia de humanos. Se dieron cuenta de que para nosotros son valiosos, y se protegen. Son lo suficientemente inteligentes como para eso”. La inteligencia del elefante está de sobra establecida: quien quisiera dudar de sus complejas relaciones sociales estaría dando la espalda a una incontestable y extensa evidencia científica. “Matar a un elefante de una manada es mucho más que sólo destruir a un único animal: es destruir a una familia –dice el director de conservación del Northern Rangeland Trust, Ian Craig–. Los elefantes son liderados por una madre dominante que decide a dónde ir y cuándo ir, y si se pierde esa figura materna, de repente sólo quedan adolescentes, sólo quedan animales jóvenes que tienen que tomar decisiones sin ninguna memoria histórica en un mundo terriblemente peligroso y amenazante”: de ahí la importancia de un lugar como el orfanato de David Sheldrick, en Nairobi.

Entre las palabras de hombres dedicados a la conservación y entre masacres de elefantes, visitas a tiendas de marfil, encuentros de los animales con los pobladores de la sabana, quemas de colmillos y arrestos de participantes en la cadena del tráfico, The Ivory Game fluye con la suavidad de un río africano. Sólo le falta, a mi parecer, un poco de contexto: sobre el arraigo de la valoración del marfil en ciertas culturas, por ejemplo, y sobre la prohibición del comercio en los países de donde provienen los elefantes, con los consecuentes resultados para el protagonista de esta historia. Pero esta no es una objeción mayor: la película muestra las dificultades de luchar con un negocio tan complicado como este, y no deja dudas sobre la necesidad de acabarlo. El elefante es la mayor víctima en la guerra del marfil, pero, como en toda guerra, no es el único que pierde.

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