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La belleza como solución a la pobreza, a los problemas políticos… ¿y a la gordura?

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Ser bonita en un país como Colombia es una garantía de ascenso social y bienestar. De ahí la importancia de los reinados, a pesar de su machismo y anacronismo. Fragmento del libro ‘Con fecha de Vencimiento’, de editorial Planeta, a propósito del reciente Miss Universo.

“(…)

Queremos resaltar tres momentos clave en toda esta historia de la fiesta de la belleza nacional y universal. En 1949, cuando Colombia estaba sumida en la violencia, Guillermo Cano, enviado especial de El Espectador al Reinado Nacional de la Belleza escribió, “aquí no ha habido estado de sitio. Ha habido las festividades tradicionales de ‘la Heroica’, pero sin el turismo de los años anteriores. En las mesas de los bares, en las recepciones, las gentes hablan caballerosamente de política. Nadie se exalta. Y si hay algún conato de altercado, la sonrisa de una candidata que acierta a pasar disuelve la neurosis. La disuelve momentáneamente” (Tomado de Bolívar Ramírez, I. (2007). Reinados de belleza y nacionalización de las sociedades latinoamericanas. Revista Ícono, (28), pp. 71-80 (p. 76)).

En 1997, Miss Universo sufrió un duro golpe (nótese el sarcasmo) cuando la miss de entonces, Alicia Machado, subió de peso. Al ganar la corona —a los 19 años— pesaba 53 kilos, cuatro por debajo del peso saludable, según la Asociación Médica de Estados Unidos. Pero para los estándares de belleza manejados, estaba bien, sin drama. A nadie le importaba si para lograrlo sufría de bulimia o anorexia. En un reportaje de The Washington Post, Alicia Machado dijo en aquel entonces que sufría de ambos desórdenes. Pero entonces Machado comenzó a subir de peso y, según la revista People y otros medios sensacionalistas, llegó a pesar 72 kilos. En ese entonces la organización amenazó con quitarle la corona. ¡Es que oh, por Dios, pasó de 53 kilos a 72! ¡Oh, por Dios, la mujer más hermosa del universo es lo que los superficiales del mundo considerarían “gorda”!

“Cuando tu ganas un concurso de belleza, la gente no espera que pases de 53 a 72 kilos en menos de un año. Tú realmente tienes la obligación de estar en perfecto estado físico”, dijo en el momento Donald Trump, uno de los dueños del concurso [actualización: hoy Donald Trump pasó de experto en casinos, realities y reinados, a ser el presidente de uno de los países más poderosos del mundo. Y su aproximación a la geopolítica es tan cruel y desacertada como su visión de la belleza femenina ].

Y en 2002, el Concurso Nacional de la Belleza Colombiana fue elegido como el evento cultural más importante en el país, según la Encuesta Nacional de Cultura del Ministerio de Cultura. (…) [Porque es que en Colombia un evento claramente machista le gana a los festivales de danza, literatura o música. Así estamos].

Los reinados son patriarcado y opio para el pueblo. Hoy sabemos que hay pocos eventos más anacrónicos que un reinado de belleza. Si los queremos ver como algo más que una pasarela de lindos y lobos vestidos, es inevitable pensar que ese es un mercado de carne medieval: la reina famélica con pelo embombado, sonriendo, muy estilizada, desfilando en bikini y tacones (¡bikini y tacones!) ante unos jueces que bien podrían ser ganaderos listos a comprar hembras reproductoras. Ah, pero no, aquí lo de “reproductoras” no va, porque es que las reinas deben ser “señoritas”, que según el DRAE es “un término de cortesía que se aplica a la mujer soltera”. Porque es que la reina, para ser ese objeto de deseo, debe ser soltera, lo que en tiempos en los que el reinado fue creado (por allá en 1934) era igual a ser virgen.

Los concursos de belleza fueron creados por hombres. Si no, piensen en los rituales y toda la narrativa: muchas mujeres solteras de menos de 22 años que desfilan en bikini y tacones (y a veces con un mini-pareo) mientras que el jurado (usualmente compuesto por hombres) decide quién debe llevarse una corona y un cetro, como las reinas de verdad, las de la realeza. Es un circo que en vez de exhibir leones adiestrados que saltan por aros en fuego, exhiben mujeres que caminan sonriendo.

Y a ellas se les aplican las más duras expectativas. Las reinas de belleza deben ser más multifacéticas que todero colombiano: reinas, ejemplos a seguir, modelos de pasarela, diplomáticas, voceras de la infancia, estrategas en temas de desarrollo y representantes de toda una nación. Aunque no tienen nombre ni identidad. Son mujeres en manada que representan a países cuyos ciudadanos no las han escogido, y que representan unos valores impuestos por unos pocos. Son un departamento, un producto como la panela, una nación. ¡O el universo! Ahí estamos pintados los humanos y nuestra arrogancia. “Señorita Colombiaaa”, grita el presentador de Miss Universo, y ella sale con su vestido, su peinado y su colorete. ¿Eso significa que ella nos está representado a los colombianos? Pero nosotras dos, por lo menos, no queremos ser representadas por ella. ¡Ella no nos representa!

A los reinados les han venido agregando detalles para disimular su horror, por lo que ahora las candidatas deben responder preguntas como si fueran algo más que reinas, o para disimular que han pasado el último tiempo encerradas en un gimnasio, en clases de pasarela o de glamur. O si no, recordemos la pregunta a la Señorita Filipinas, [en el certamen anterior]: “Este año hubo una controversia en Filipinas sobre los Estados Unidos reabriendo una base militar en su país. ¿Cree que los Estados Unidos deberían tener presencia militar en su país?”. Si nosotras hubiéramos estado en los tacones de la miss, una bola de heno hubiera atravesado por el escenario. Esta pregunta no es para una reina, sino para alguien que haya pasado años en una universidad estudiando geopolítica, relaciones internacionales o afines; o que por lo menos lea con ahínco un periódico que tenga una sección internacional en la que se cubra más que Estados Unidos.

Y al final de toda esta parafernalia, cuando una de las misses resulta ganadora, llora de la emoción porque su vida le ha cambiado. Porque tantas horas de gimnasio valieron la pena.

Como dijo Melba Escobar en su columna del periódico El País, de Cali, “vergüenza es que sigamos estando entre los países con más alta sintonía en esta suerte de certámenes, como otros países del tercer mundo que casualmente se llevan las coronas, pues son quienes ponen la audiencia. ‘Casualmente’, también, estos países donde habitan ‘las mujeres más hermosas del universo’ suelen coincidir en ser los países con los índices más altos de feminicidio, violencia sexual contra la mujer y desigualdad de oportunidades”.

A principios de 2016, Noticias Caracol transmitió una historia sobre el reinado del ELN, en el que les ponen tanga, brasier, botas de caucho y banda real a los guerrilleros borrachos. Creemos que ese es el reinado más honesto que hemos visto, porque maneja la degradación de frente, sin disfraz. Ser una miss es una burla, y estos guerrilleros lograron transmitir el sentimiento.

Pero este no es un ataque a las reinas. Las reinas saben que ser lindas les da unas ventajas sobre la media, y que participar en un reinado les puede arreglar su vida y las de sus familias. Por eso los reinados de belleza son una solución para las mujeres bonitas. Por ejemplo, una reina de belleza convertida en modelo puede llegar a ganar en una sesión de fotos varios salarios mínimos mensuales, una suerte que le es ajena a, digamos, el obrero de construcción sin encanto que carga ladrillos todo un día y que con suerte tiene Sisbén.

Porque la belleza sigue siendo un recurso, como el tiempo o el dinero, un bien apreciado en esta cultura en la que muchas mujeres siguen siendo, simplemente, tetas, culos y pelo; y cuyas tetas, culos y pelo, les pueden valer el éxito económico y el reconocimiento social.

***

Pero sí, ¡tenemos primera princesa de la belleza universal!

Tomado de MORENO, Maria Fernanda y PELÁEZ, Marcela. (2016) ‘Con fecha de vencimiento’. 
Bogotá: Editorial Planeta, pp. 97-101.
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