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El pan debajo del brazo

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El problema del embarazo adolescente en Colombia tiene raíces mucho más profundas que la falta de acceso a los métodos anticonceptivos. Explicamos algunas. 

Por Maria Fernanda Moreno y Marcela Peláez

Capítulo 1: Todas tiramos

Cuando Susana era una preadolescente que ya iba a fiestas, su papá le dio la charla: “Susanita, no está mal que te gusten los niños y que quieras hacer cosas. No te voy a decir que no lo hagas, pero por favor ten cuidado, carga siempre un condón, cárgalo tú, porque lo peor que te puede pasar no es solo quedar embarazada, sino que te vayan a pegar cualquier cosa”. O algo así, en su propio tono y tal vez un poco más largo. Pero ese fue el mensaje. Es que ya ha pasado tiempo.

Para Elvira la entrada a la pre-adolescencia equivalía al terror de quedar embarazada. Era el terror más grande que podía existir en su pequeña burbuja. Porque ajá. No entendía, en ese entonces, que en los primeros años de adolescencia la menstruación no era un relojito como más tarde se convirtió. Por eso, le entraban unos ataques rarísimos que rayaban en la locura, de que si tenía un retraso era porque: a) el cuento de la Virgen María podría ser verdad y, b) alguien le dio algo raro, la violó, ella no se dio cuenta y resultó embarazada. Loquera fruto del terror que un posible embarazo adolescente le causaba. Más tarde, cuando entendió que en efecto el cuento de la virgen María no eran más que patrañas y que nadie le había dado escopolamina, su terror pasó de la fantasía a la sobreprotección. Claro, porque la mamá le dejó bien claro que lo que uno no hace por uno, nadie lo va a hacer por uno.

Total, nuestros años de adolescencia no fueron diferentes a los del resto de la humanidad: exploración, bluyiniada, bolos en Unicentro, polvos precoces e inexpertos y un rezo secular “que no vaya a quedar embarazada, que no vaya a quedar embarazada”. Afortunadamente logramos pasar invictas la época del “todo se vale”, “se me rompió el condón”, “hazle así que no pasa nada” y hoy podemos hablar con autoridad sobre cómo a veces el método del ritmo funciona (es broma).

Sabemos también que no hay que ser brutas para quedar embarazadas. Y que basta con que se alineen los planetas (o el óvulo con el espermatozoide) para que la vida cambie. Por eso creemos que la prevalencia del embarazo adolescente en Colombia no es un problema simplemente de niñas arrechas sin condones; y sabemos que alrededor del tema hay un montón de mitos y falsas responsabilidades que hoy queremos abordar en este post.

“Porque un bebé no es una American Girl que uno personaliza a su antojo, ni una Cabbage Patch Kid con acta de adopción”, Susana y Elvira

Capítulo 2: los mitos

* La pobreza y el nivel educativo importan a la hora de convertirse en madre adolescente. Cierto. Una investigación [https://economia.uniandes.edu.co/images/archivos/pdfs/Articulos_Revista_Desarrollo_y_Sociedad/Articulo69_5.pdf] de la Universidad de los Andes encontró –a partir de cifras aportadas por Profamilia– que el 29,9% de las adolescentes del nivel socioeconómico más bajo han estado embarazadas o han tenido hijos, frente al 9,1% de las adolescentes del nivel socioeconómico más alto.

Esto se explica, entre otras razones, por la calidad y pertinencia de la educación sexual recibida en el colegio en cada uno de los segmentos de la población; la educación, ocupación y estado civil de la madre; la existencia de violencia doméstica (representada en la intensidad de los castigos físicos y verbales por parte de los padres) y la tasa de homicidios de la zona en la que la adolescente vive.

* Todos los embarazos adolescentes son no deseados. Falso. La falta de alternativas para enfrentar el futuro son clave a la hora en que algunas adolescentes deciden convertirse en madres. Primero, algunas de estas niñas saben que no podrán entrar a la universidad (porque no pueden pagar la privada y la pública es, en sí misma, excluyente) y por lo tanto tener acceso a un trabajo bien remunerado. Segundo, una parte importante de nuestra población recibe una educación secundaria tan pobre que desmotiva a los estudiantes a seguir persiguiendo el conocimiento. Y, tercero, muchas de las futuras madres adolescentes necesitan una reafirmación de su rol de mujeres en una sociedad patriarcal que las menosprecia.

“Las adolescentes más pobres asocian el embarazo a una alternativa de vida que, además de otorgar el estatus de adulto y permitir acceder a posibles beneficios, puede ser más ventajoso a corto plazo frente a otras alternativas como permanecer en el sistema educativo”, explica Camila Galindo en el ya mencionado Documento Cede.

En conclusión, todas estas condiciones estructurales e ideas arraigadas en el imaginario femenino y machista son clave a la hora de tomar la decisión de convertirse en madres.

Profamilia, así mismo, ha encontrado que “hay un porcentaje importante que llega a ser casi la mitad de los embarazos adolescentes, que son deseados”, explica el doctor Juan Carlos Vargas, director de Investigación de Profamilia. La organización ha podido identificar que el conflicto armado ha tenido una cuota importante en este comportamiento. “Una mujer adolescente busca embarazarse en algunas circunstancias para que la dejen de violentar porque está embarazada y después es mamá”.

Además, “generalmente algunas de estas adolescentes que buscan el embarazo se han unido con hombres en promedio 6 años mayor que ellas, y en ciertos contextos de nuestra sociedad, un hombre de 24 es un señor y ya tiene que tener hijos. Entonces le empieza a exigir que tengan hijos y ella empieza a buscar el embarazo para no perderlo”, agrega el doctor Vargas.

Es por ello que la culpa no es necesariamente de la niña que decidió tirar sin protección a ver qué pasaba, sino de un sistema que no nos da las mismas oportunidades a todas las mujeres, y de una sociedad machista que percibe –en muchos casos– a las mujeres como simples vientres que reclaman un estatus social cuando traen a un niño al mundo, para que pronto ese nuevo ser se convierta en mano de obra, para que llene de felicidad los días de los adultos desocupados y frustrados, o para que ajá.

* Cada niño viene con el pan debajo del brazo. Falso, recontrafalso. Es la peor mentira de todas. Si nos olvidamos de esta idea religiosa-vaso-medio-lleno de la maternidad según la cual “un niño es una bendición” podemos entender que no, no siempre un hijo es una bendición. Y que, aunque no hay ser humano que se vare una vez deba mantener a un bebé, las oportunidades de la madre se verán disminuidas por el resto de su vida.

Está demostrado que las madres adolescentes corren el riesgo de dejar sus estudios para dedicarse a la crianza, por lo que luego, cuando puedan volver a la fuerza laboral, obtendrán un salario más bajo que les impondrá serias restricciones para mantenerse a ella misma y a su hijo. Y eso si consiguen trabajo, porque, según estudios de Profamilia, las madres adolescentes tienen 11% menos probabilidades de encontrar un empleo que el resto de las mujeres.

Es así como la vida de la madre adolescente y la de su hijo suele ser una cadena de historias donde esa “bendición” es un poco esquiva. Porque los hijos también sufren las consecuencias. Algunas odiosas comparaciones probarían el punto: el 65% de los niños que nacen en un embarazo adolescente en Colombia tiene carné de vacunación, comparado con el 74% de los niños de las madres que esperaron un poco más (Profamilia, 2005). Este indicador es usado por los analistas como una variable para aproximarse al estado de salud que tendrá el hijo de la madre adolescente en el futuro, y han logrado demostrar que los hijos de madres adolescentes se enferman más (en promedio un 4% más que los hijos de los demás grupos) ya sea por desconocimiento en el cuidado, o porque estos niños son más propensos a nacer con anemia y bajo peso dado que es probable que la madre haya escondido su embarazo durante los primeros trimestres y no haya recibido el tratamiento prenatal adecuado.

Así mismo, el 76% de los hijos de madres adolescentes asisten a un establecimiento educativo, comparado con el 83% del resto de los niños. Además, en el rango de edad de 12-18 años, Profamilia encontró que la tasa de niños que participan en trabajo infantil es de 17% (hijos de madres adolescentes) contra 10% (resto de la población).

Y como si todo esto fuera poco, estos niños son los más castigados por personas distintas a sus padres biológicos, pues todo el mundo siente que tiene autoridad sobre ellos porque sus madres son adolescentes. ¿Pan debajo del brazo?

* El embarazo adolescente solo afecta a la madre. Falso. En esta sociedad liberal acostumbramos a echarle la culpa a los individuos por sus decisiones: él es pobre porque no trabaja lo suficiente, ella es “bruta” porque no estudia lo suficiente, ella quedó embarazada porque no se cuidó (lo suficiente). Pero muchas veces ignoramos que hay una estructura que puede ser más poderosa que la voluntad del individuo: que si es pobre es porque tal vez el sistema permite que le paguen muy poco, que si ella tiene problemas de aprendizaje es porque probablemente la educación que recibió desde chiquita fue precaria; y que si quedó embarazada sí fue porque no se cuidó, pero también porque no pudo, o tal vez no quiso, como ya lo demostramos.

El embarazo adolescente afecta a la madre y a su núcleo cercano, y también a nuestro sistema económico, político y social. Las madres adolescentes son proclives a caer en la trampa de la pobreza que señala que la deserción escolar genera desempleo o trabajos mal remunerados, ergo se desincentiva el ahorro, lo que a su vez genera baja inversión. Y pues un país donde una porción importante de su población no trabaja, no invierte y no ahorra, es un país que crece menos.

Además hay que tener en cuenta que todas estas condiciones a su vez generan una dependencia económica de la madre y de su hijo, que puede resultar en maltrato y vulnerabilidad de ambos. Y ya conocemos el impacto social de la violencia doméstica.

Incluso se ha encontrado relación entre la disminución de embarazos no deseados y la caída en las tasas de delincuencia. El economista Steven Levitt y el periodista del New York Times Stephen J. Dubner publicaron en 2005 el bestseller ‘Freakonomics’, en el que, entre otras cosas, afirmaban que la legalización del aborto en algunos estados de Estados Unidos tenía una incidencia directa sobre la disminución de las tasas de delincuencia de esos mismos estados, 18 años después. Su explicación: menos hijos no deseados es igual a menos niños desatendidos proclives a convertirse en delincuentes. Su hipótesis causó controversia y para nosotras mismas puede sonar un poco determinista. Pero ahí les dejamos la inquietud.

 Capítulo 3: ¿qué hacer?

Somos las menos indicadas para decirles a las adolescentes que tiritan de deseo hacia Brock O’hurn [https://www.instagram.com/brockohurn/?hl=en] que se abstengan y que no lo den por un calado. Tiren amigas, si quieren, con quien quieran y siempre bajo sus propias condiciones. Pero, por favor, recurran a los condones, las pastillas y todos esos métodos traídos del Olimpo porque ya sabemos que es mejor ser mamás luego, después de haber hecho lo necesario para proveernos a nosotras mismas una felicidad y realización que tal vez no sea posible a los 16 años con un engendrito demandante.

Así mismo, nosotras –pero sobre todo quienes diseñan políticas públicas, y quienes toman decisiones basados en religiones y morales anacrónicas– debemos entender que el problema del embarazo adolescente en nuestro país no es tan simple como la han hecho ver: no se trata de adolescentes con mucho tiempo libre para tirar y poco para leer. No se trata de niña pobre boba contra niña rica inteligente. Las investigaciones en este tema han encontrado que el riesgo de convertirse en madre adolescente disminuye si la adolescente desempoderada, de estrato socioeconómico bajo y sin mayores perspectivas para su vida, obtiene educación sexual pertinente y de calidad, además de estímulos dirigidos a aumentar su autoestima, poder de toma de decisiones, y liderazgo; y si conoce sus derechos sexuales y reproductivos.

Porque así como muchos problemas atados al género que prevalecen en nuestra sociedad, el del embarazo adolescente tiene que ver con una concepción patriarcal de la vida, según la cual las mujeres en ciertos círculos deben encontrar su reafirmación a partir de su rol de madres; su autoestima está atada a la atención que reciben por parte de los hombres, y son víctimas de todos los tipos de violencia (directa, estructural y cultural) por cuenta del conflicto armado o del mismo machismo.

Así que creemos que las campañas para repartir condones, pastillas y cuanto método anticonceptivo son importantes; pero en paralelo se debe trabajar en nuestra propia cultura, esa que perpetúa ciertas ideas sobre nuestro rol como mujeres y lo que podemos esperar de la vida.

 

[Publicado originalmente en www.susanayelvira.com, el 23 de septiembre de 2015]

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