Domingo, Noviembre 19, 2017
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Comer animales

Iván Hurtado
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¿Han pensado en lo que hay detrás del bistec o de la pechuga del almuerzo? Un libro profundiza sobre toda esa información que preferimos pasar por alto.

La forma en que nos relacionamos con lo que comemos está llena de cosas que sabemos de sobra y de informaciones que preferimos pasar por alto. Sabemos muy bien, por ejemplo, que nuestra relación con la comida es afectiva: guardamos siempre un lugar especial en nuestras preferencias para la sopa que la abuela sabe hacer de una forma única, o el postre que nuestra mamá prepara como más nos gusta. Si decimos que en nuestra familia está la mejor cocinera del mundo, no seremos los primeros en hacerlo ni se nos podrá calificar de mentirosos por ello: aunque no exista imparcialidad en una afirmación como esa, existe siempre, lo sabemos, una verdad como el aire, invisible pero inobjetable. Esto se debe a que la mejor comida no es sólo la que sabe seducir nuestras sensaciones, sino –sobre todo– nuestras emociones. Resulta apropiado, entonces, que ‘Comer animales’ empiece con un recuerdo de la infancia del autor, con su abuela abrazándolo los viernes por la noche y los domingos por la tarde, al saludarlo y despedirlo cuando iba a pasar con ella los fines de semana, y elevándolo del suelo para comprobar su peso.

La abuela de Jonathan Safran Foer cocinaba un único plato de pollo con zanahorias, y él y sus hermanos creían que era la mejor cocinera del mundo. Aun ahora, el autor dice que tal vez ese sea el mejor plato que haya probado, aunque admite que “eso tenía poco que ver con cómo se preparaba o incluso con su sabor”. El talento culinario de su abuela, dice, era una de las anécdotas fundamentales de su familia. Lo que resulta en conjunto muy oportuno: para hablar sobre ‘Comer animales’, el escritor se propone relatar una historia, y el interés que termina guiando su libro es también una inquietud personal que acaba estallando por un acontecimiento familiar: la llegada de su hijo.

“A través de mis esfuerzos como padre, me enfrenté cara a cara con realidades que como ciudadano no podía ignorar y como escritor no podía guardar para mí”, escribe Safran Foer, autor de las novelas ‘Todo está iluminado’ y ‘Tan fuerte, tan cerca’. Como ciudadano y como escritor, Safran Foer está abordando un tema muy importante, casi ineludible, en nuestros días. No en vano el periodista de The New Yorker Adam Gopnik, autor él mismo de un libro sobre el significado de la comida, dice que “en ningún otro momento un reconocido joven novelista como Jonathan Safran Foer podría considerar un libro sobre el movimiento contra el consumo animal como una extensión de su obra, del modo en que un novelista en los sesenta pudo haberse sentido obligado a escribir un libro sobre el movimiento antibélico”.

Está establecido, entonces, que el de comer animales es un tema importante; que Jonathan Safran Foer sea el escritor adecuado para ocuparse del asunto es también en apariencia cierto, y la forma que tiene para demostrarlo es con su libro, que aborda las cuestiones correctas: las granjas industriales, la pesca industrial, el maltrato animal, la costumbre de llevar a ciertos animales a la mesa al tiempo que somos incapaces de comernos a otros, nuestra relación afectiva con las mascotas pero lejana con muchas especies, el hecho de que se trata de un tema moral difícil y que despierta radicalismos (“Imaginad el dilema de mentir siempre o no mentir nunca”, dice, por ejemplo, para contrastar con la posición que solemos adoptar respecto al consumo de animales: incluirlos en la dieta con la mayor frecuencia posible o evitar su consumo de tajo).

Una buena parte de ‘Comer animales’ está dedicada a las informaciones sobre nuestra comida que solemos pasar por alto, lo que es casi lo mismo que decir que está dedicada a exponer lo que ya sabemos, aunque sea superficialmente, sobre la industria de la carne. La observación de que pasamos por alto estas cosas no es mía: el mismo Safran Foer lo dice en más de una ocasión. “En el fondo de nuestra mente quizá entendemos, sin toda esa ciencia que he expuesto aquí, que está pasando algo terriblemente nocivo. Nuestro alimento procede del sufrimiento. Sabemos que si alguien nos ofrece la posibilidad de mostrarnos una película sobre cómo se produce la carne que comemos, lo que veríamos sería una peli de terror. Quizá sepamos más de lo que queremos admitir y preferimos sepultarlo en los rincones oscuros de nuestra memoria: ignorarlo”.

‘Comer animales’ es, si se quiere, un esfuerzo por no ignorar, una exposición detallada de los resultados de las acciones de la industria alimentaria por aumentar su productividad a costa del bienestar de los animales. Y aunque el propio autor escribe sobre la producción de la carne que comemos, el suyo no es un libro de terror sino, gracias a la fluidez de su escritura y a la exhaustividad de su investigación, una amena y larga investigación sobre un tema que afecta a millones de seres vivos hasta sus muertes, e incide en nuestro día a día. Que puede resultar crudo, es cierto, pero esto no es más que un reflejo del tema y, por supuesto, de las prácticas industriales.

Si nos pusiéramos a compararlas, difícilmente encontraríamos puntos en común entre la industria alimentaria de hoy y la de hace cien años luego de una evolución relativamente corta (relativamente si se compara con un cambio revolucionario, el de la domesticación y la agricultura, ocurrido hace unos pocos miles de años). La cría de animales ha cambiado radicalmente, hasta el punto de que incluso hablar de cría a estas alturas resulta cuestionable. Como la industria misma, muchos términos han cambiado y se han afincado en nuestro lenguaje conceptos nuevos que acompañan nuestra emotiva forma de pensar en la comida. Tal vez por eso resulta acertado que, luego de exponer los motivos que lo llevaron a escribir el libro, de hablar de las relaciones humanas con diferentes animales y de decir que les hemos declarado la guerra, Safran Foer decida incluir en su libro un capítulo que hace las veces de pequeño diccionario de términos relacionados, titulado “El significado de las palabras”, donde reevalúa algunas acepciones comúnmente atribuidas a instituciones, ideas, descripciones y prácticas vinculadas a la industria. Allí, por ejemplo, dice a propósito de los productos orgánicos: “Para los pollos y los pavos, sin embargo, «orgánico» no tiene por qué significar nada que se relacione con su bienestar. Puedes llamar «orgánico» a tu pavo y torturarlo diariamente”. Y sobre KFC: “Siglas que antes correspondían a Kentucky Fried Chicken y que ahora no significan nada”. Que algunas palabras o siglas, como KFC, hayan perdido su significado, se debe a que algo más importante ha cambiado: un pollo industrial, por ejemplo, difícilmente corresponde ya a lo que convencionalmente entendemos por pollo.

Los siguientes capítulos de ‘Comer animales’, y unas buenas dos terceras partes del libro, están dedicados a las aves, los cerdos y las reses, incluyendo las mutaciones genéticas y las prácticas llevadas a cabo con el fin de aumentar la productividad y los ingresos en las granjas industriales: pollos que crecen rápidamente, con miembros demasiado pequeños para sostener su acelerado y sobrecargado peso; “una raza de cerdos que sufre no sólo más problemas de extremidades y corazón, sino más nerviosismo, ansiedad y estrés”; animales sometidos a condiciones de luz y hacinamiento extremos; pavos incapaces de reproducirse.

Las consecuencias de la aceleración de la producción en función del rendimiento económico también tienen su espacio en el libro: en la salud, por ejemplo, con una minuciosa descripción del funcionamiento de los virus en aves, cerdos y humanos que pueden llevar, como en el caso de la gripa española de 1918, a una pandemia; en el medio ambiente, con el elevado consumo de agua, la contaminación generada por las heces de los animales vertidas en ríos y lagos, el arrasamiento de los mares en la pesca y los gases que contribuyen más al calentamiento global que todos los medios de transporte juntos; en el bienestar de los animales, que están sometidos a un sufrimiento constante desde que nacen hasta que llegan al matadero, y en la economía, con la devaluación que traen las granjas industriales a los terrenos en y alrededor de sus instalaciones. Estas granjas son clave: tratándose de un tema que gira alrededor de la industria, y de una industria que gira alrededor de las granjas (que también han perdido su significado), el libro inevitablemente gira en buena medida alrededor de las granjas industriales.

Safran Foer se escabulle en una granja de aves en mitad de la noche con una mujer que suele entrar a escondidas en este tipo de lugares para ayudar a los animales, visita granjas tradicionales, expone el funcionamiento de las nuevas tecnologías para el ganado y presenta las voces de las personas involucradas en el asunto desde distintas perspectivas: “la clase de persona que se encuentra en la granja de un desconocido en mitad de la noche”, un granjero industrial, “el último granjero avícola”, una criadora de ganado vegetariana, un vegano que construye mataderos. La visión que presenta no es bonita, pero muestra algunas posiciones alentadoras: en medio de la carnicería, hay quienes se preocupan por dar un buen trato a los animales que van a terminar convertidos en comida.

Frenar las prácticas de una industria con una facturación de cientos de miles de millones no es fácil, porque la plata, ya lo sabemos, implica el poder de comprar: el silencio, el peso deseado en la balanza, la conciencia. Para completar el panorama, Safran Foer muestra cómo la industria está regulada por las mismas personas interesadas en su máximo rendimiento económico. El poder para seguir adelante, sin embargo, se lo damos los consumidores. “Las granjas obedecen no sólo a las elecciones sobre la comida, sino a las elecciones políticas”, escribe. La plata implica el poder de comprar: el tipo de comida que queremos comer, la carne proveniente de procesos industriales o tradicionales. Safran Foer no busca el activismo, pero sabe que en este asunto, y conociendo lo que hay detrás de lo que comemos, existe una responsabilidad: “Para mí la cuestión se reduce a esto –dice–: dado que comer animales no es algo en absoluto necesario para mi familia, ya que a diferencia de otros que viven en otras partes del mundo tenemos fácil acceso a una gran variedad de alimentos, ¿deberíamos comer animales?”.

Un libro sobre comer animales puede pensarse fácilmente, por la naturaleza del tema, como una apología del vegetarianismo: es la conclusión a la que saltamos con facilidad cuando sabemos qué se esconde detrás de la carne que compramos a precio de oferta. Pero aunque habla de vegetarianismo, en ‘Comer animales’ no hay proselitismo (sí hay, en cambio, varias menciones de los prejuicios y la intolerancia hacia los vegetarianos). “También yo asumí que mi libro sobre comer animales se convertiría en una defensa a ultranza del vegetarianismo. No ha sido así. Merece la pena escribir una defensa a ultranza del vegetarianismo, pero no es lo que he escrito”, dice Safran Foer. Su obra no es una invitación a llevar una dieta basada exclusivamente en vegetales, aunque sea esa la dieta que él haya adoptado. Su libro es una invitación a pensar el tema, a informarse, a conocer los diferentes puntos de vista que existen alrededor de la cría y la matanza de animales para convertirlos en comida. Es su forma de buscar que los animales reciban un trato más humanitario. De hacer que no desviemos la mirada, y que reconozcamos lo mucho que hay para ver y por hacer cuando miramos de frente.

Jonathan Safran Foer
Seix Barral 2011 (original de 2009)
Traducción de Toni Hill Gumbao
430 páginas

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    1 Responder

    1. Carlos Schreyer

      Muy valiente el autor al tocar un tema tan delicado: amamos a algunos animales pero nos comemos a otros que consideramos “de consumo”. En realidad, el humano al ser un primate, nunca debió ser carnívoro (por naturaleza no lo es), a lo que sigue la pregunta ¿se puede vivir sin comer carne? Definitivamente sí ya que el que suscribe lo hace desde hace 39 años (actualmente tengo 80 años). Está claro que no hay que descuidar la ingesta de proteína animal reemplazando la carne por huevos, y derivados lácteos.

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