Domingo, Noviembre 19, 2017
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Mascotas: mejor adoptar que comprar

Maria Antonia Pardo
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Cada vez que alguien compra un perro o un gato apoya un negocio “en el que se torturan animales reproduciéndolos en serie como si fueran camisas o floreros”.

A una mujer embarazada le toca esperar hasta el día del parto para saber de qué largo son las pestañas de su hijo –a pesar de las ecografías en 3D y 4D actuales que al dar un parte de tranquilidad le bajan intensidad a la zozobra–. Durante los nueve meses de incertidumbre, sabe bien que le puede salir bonito o feo, sano o enfermo, con los dientes chuecos o con sonrisa perfecta, con nariz de patacón o con perfil de protagonista de novelas, alto, bajo, blanco, negro, trigueño, pelirrojo, ojinegro. Igual le sucede al padre de la criatura. La sorpresa es costumbre en cuanto a los hijos biológicos se refiere. No hay manera de elegir, lo que llega es lo que es. Al hijo nos toca quererlo con sus bonituras y sus feuras, no podemos devolverlo, no podemos exigir cambio por imperfecciones. Nos toca resignarnos con lo que nos llega y aprender a verlo lindo aunque esté bien maluquito. Y a quererlo así. Lo máximo que podemos hacer es ahorrar para la cirugía plástica cuando esté más grandecito y la nariz de breva no dé pa’más.

Con los niños “concebidos” en laboratorio, esos milagros de la ciencia hechos en tubos de ensayo, en probetas, pasa igual. Los embriones implantados en el útero de la madre a través de inseminaciones artificiales tampoco son garantía de hijos de metro ochenta de estatura, ojos claros y nariz respingada, ese modelo de belleza gringo o europeo que ha sido adoptado por muchos coterráneos como el ideal, a pesar de estar tan alejado de nuestro fenotipo, del mestizaje propio de nuestra tierra. El proceso es tan aleatorio que es muy normal que esos bebés de embarazos múltiples producto de inseminaciones artificiales ni siquiera se parezcan entre sí. Toda una lotería genética.

Pero parece que los humanos no soportamos la incertidumbre a lo que a mascotas se refiere. No nos arriesgamos. ¿Qué tal que por falta de papeles el nuevo miembro de la casa se convierta en un engendro? Tal vez por ello compramos perros y gatos de raza que nos garanticen cierto pedigrí, ciertos estándares estéticos, pues si ya de por sí nos toca resignarnos con hijos criollos, siempre criollos, ¿qué de malo puede tener elegir para nuestras vidas que por lo menos los perros y gatos que nos rodeen sí sean “puros”? Así que para gozar de ellos y de su hermosura sacamos la billetera y pagamos cifras que van desde los 400 mil pesos si es un perro de una raza común como la Labrador, hasta tres millones de pesos por un gato persa.

Los animales maquila son un negocio redondo. Perras y gatas que durante toda su vida están pariendo dos camadas al año. Hembras que son forzadas a tener hasta diez cachorros cada seis meses. Miles de millones de pesos alrededor del mundo alimentando un negocio en el que se torturan animales, reproduciéndolos en serie como si fueran camisas o floreros, bajo la excusa del amor. Porque así se promocionan en sus avisos y en sus clubes de razas exóticas y en sus páginas web exclusivas, como amantes y defensores de los mejores amigos del hombre. La verdad, sin embargo, es otra.

Cada vez que alguien, creyéndose animalista, compra un perro o un gato, contribuye con dos fenómenos que nada tienen que ver con el amor por estos seres vivos: estimula la creación de más centros o fincas maquilas de animales, y desestimula la adopción de mascotas criollas. La lógica de esto es similar a lo que sucede con la industria de las drogas ilícitas, mientras sea un negocio ilegal (la prohibición es la que logra que el comercio de drogas sea tan rentable) y mientras hayan adictos que paguen lo que sea por su vicio, a pesar de la ilegalidad, habrán cultivadores dispuestos hasta a arriesgar sus vidas con tal de obtener esas ganancias. En el caso del negocio alrededor de las mascotas, la cosa es peor, porque como es un intercambio legal de una mercancía por dinero, no hay nada de ilícito ni de delictivo allí. Usted compra una cosa, y esa cosa le dan a cambio, en las narices de todos. No nos escondemos para comprar animales, de hecho, hasta nos exhibimos con las nuevas adquisiciones y sacamos pecho por ello. Quienes pagan millonarias sumas por sus mascotas suelen ser los mismos que luego las ridiculizan humanizándolas, disfrazándolas con perendengues, con joyas y ropas exóticas, embutiéndolas en bolsos carísimos para llevarlas a todas partes como quien exhibe un trofeo en una pasarela, como quien engalla un carro o decora un apartamento. En últimas, los animales, hasta para nuestras leyes y códigos y algunos funcionarios como el Procurador, son cosas. ¿Qué de malo tiene entonces comerciar con ellos, lucrarnos de ellos, amarlos mientras sean lindos y finos, mantenerlos en cautiverio reproduciéndose durante toda su vida?

Los seres humanos, tan obtusos, tan ciegos para ver y entender lo fundamental, le vemos todo de malo a comprar un hijo pero todo de bueno a comprar un perro o un gato. En cuanto a hijos es algo reprochable, moralmente inaceptable. Pero si se trata de mascotas, no. A pagar por ellas. ¡Qué contradicción!

A la hora de negociar con un mercachifle que se gana la vida torturando a los padres de los animales que vende (especialmente a la madre), vea antes a su hijo a los ojos y dígale que a pesar de ser criollísimo, usted a él sí lo ama. No vaya y sea que se confunda.

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