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Aborto: seis letras que defendemos sin comas ni puntos suspensivos

Maria Antonia Pardo
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A pesar de que la sentencia de la Corte Constitucional que despenalizó el aborto en tres casos específicos cumple mañana su primera década, hablar de aborto en Colombia sigue siendo difícil.

Que una mujer diga algo tan simple como que sobre su cuerpo decide ella y sólo ella, escandaliza. Finalmente, en nuestra sociedad patriarcal y machista se sigue creyendo que sobre el cuerpo de las mujeres embarazadas pueden decidir otros.

Entonces cada vez que se toca el tema del aborto salen los de siempre, los que no pueden evitar señalar con el índice y proferir condenas, a hablar de infiernos y de castigos divinos para las desnaturalizadas. Toda una multitud de espectadores está convencida de que tiene derecho a opinar y a predicar y a pregonar sus verdades a los cuatro vientos, como si fueran ellos quienes van a mantener, a educar, o a criar a la criatura cuya progenitora siente que no puede, por las razones que sea, traer al mundo. Algo tan íntimo como que una mujer quiera o no quiera ser madre es tema de palestra pública. Los mismos de siempre se desgarran las vestiduras y hablan de los designios de Dios y del derecho a la vida de los fetos desde el momento mismo en que el espermatozoide fecunda al óvulo. Entonces se oyen alaridos en las afueras de los centros médicos en donde se sabe que muchas mujeres van a abortar diariamente: ¿Por qué abrió las piernas entonces? ¿Por qué no usó condón? ¡Asesina! Todavía eso pasa.

Y también pasa que la culpa, esa gotera insoportable, sigue carcomiendo el alma de tantas que encontraron en el aborto la única salida posible a su desesperación. Por eso optan por enmudecer. El aborto es un tema enclosetado que se pretende ignorar ingenuamente como esa basurita escondida debajo del tapete de la sala mientras aparentamos tener la casa limpia. Las mujeres que han abortado por lo general lo ocultan, lo niegan, lo callan. Y tiene lógica: ¿quién en su sano juicio va a exponerse a que la juzguen, la critiquen y la insulten de la manera en que aquí estamos acostumbrados a juzgar, a criticar y a insultar? Por eso es valioso cuando una figura pública a la que le van a abrir todos los micrófonos, porque no es una voz anónima, sale a decir algo tan duro de reconocer públicamente como: “sí, yo aborté”. Por eso que lo haya reconocido gente famosa, como por ejemplo, Amada Rosa Pérez, es digno de admirar. Y por eso también es que es tan difícil de entender porqué no aprovechó esa tribuna para ser la voz de muchas mujeres que hoy día están en el mismo lugar en el que ella estuvo hace quince años cuando decidió no ser mamá. ¡Tanta valentía para nada!

Ante el anuncio del exfiscal general de la Nación Eduardo Montealegre de buscar la despenalización total del aborto durante el primer trimestre de embarazo, Amada Rosa Pérez salió a decir, con lágrimas en los ojos, que no está de acuerdo, que la ley debe seguir igual, que eso de abortar es terrible, que va en contra de Dios, que se arrepiente de haberlo hecho, que ve a su hijo en cada niño de quince años, que ninguna mujer debe quitarle a un padre el derecho de serlo, que el feto no es un racimo de células, que es vida. Ella, que pasó por la angustia y el desasosiego que trajo consigo dos embarazos no deseados, que decidió ponerle fin a esos embarazos pues no pudo lidiar con dicha situación por razones que solo le atañen a ella, se opone ahora a que otras mujeres lo hagan. Y se ubicó, muy oronda y lironda, del lado del señor Procurador Ordóñez y de los adalides de la moral que abundan en este país de santos y santas, de seres perfectos e incólumes.

Ese tipo de actitudes molestan profundamente. Y no porque esté mal arrepentirse, claro que no. Tanto Amada Rosa como cualquier otra mujer que haya abortado está en todo su derecho de arrepentirse por eso que hizo y que nada ni nadie se lo impidió. El problema no es su arrepentimiento, ni más faltaba, sino que desperdició una oportunidad valiosísima, tal vez irrepetible, para decir lo que todos sabemos pero pocos se atreven: que el aborto, por más duro que parezca, por mucho que nos duela (como le sigue doliendo a ella), es una realidad que ninguna prohibición detendrá. Es una práctica que sigue matando mujeres de todos los estratos y niveles socioeconómicos (de hecho es la tercera causa de mortalidad femenina en el país) y que por lo mismo es mejor regularlo de una buena vez por todas y garantizarlo. Las mujeres abortan a diario y muchas de ellas, justamente las más pobres, arriesgan sus vidas en lugares clandestinos sin las mínimas condiciones sanitarias. Se estima que alrededor de trescientas mil mujeres abortan al año en Colombia y que de esas muchísimas mueren.

Entonces si ibas a tocar el tema, además de expresar tu arrepentimiento, era el momento de hablar claro, con la lengua calva, pero no lo hiciste, Amada Rosa. Tú, que tuviste el derecho hasta de pedir perdón por dos abortos del pasado; tú, que ahora eres madre de un hijo sí deseado; ¿tú pretendes que no se despenalice lo que a ti no se te penalizó? ¡Qué descaro, qué hipocresía, qué mezquindad!

La lucha de las mujeres por sus derechos reproductivos, por decidir y controlar lo que suceda con sus cuerpos, ha dado frutos en muchos países en todo el orbe. Colombia, en donde las leyes parecen ir más rápido que las mentes cerradas de la mayoría, no ha sido la excepción. Ya una mujer no va presa por abortar si la violaron, si la inseminaron en contra de su voluntad, si su hijo es producto de un incesto, si el feto es inviable por alguna malformación grave, o si la salud de la madre está en peligro, inclusive su salud mental. Ya esos tiempos pasaron. Por eso, a pesar de esos baldados de agua fría recibidos generalmente por nuestras congéneres, aquí seguimos en pie de lucha diciendo lo que es obvio: que sobre nuestro cuerpo no manda nadie, solo nosotras. Y seguiremos haciéndolo. Aunque las cámaras de televisión se sigan enfocando en las Amadas Rosas, nosotras, las que no creemos en las aguas tibias, continuaremos apoyando a la mujer y, sin que nos tiemble la voz, su derecho al aborto. Así, con sus seis letras, sin comas ni peros ni puntos suspensivos.

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    1 Responder

    1. yesica granados

      Excelente articulo, estoy totalmente de acuerdo en que las mujeres mismas somos quienes debemos decidir totalmente sobre nuestro cuerpo y yo una mujer que optó por esa opción del aborto puedo decir que a pesar del dolor físico y emocional que en su momento tuve que pasar, hoy en día no me arrepiento en absoluto de haberlo hecho, si me arrepiento de no haberlo evitado quedar embarazada, pero para la situación fue lo mejor que pude haber hecho y lo más responsable para mi y para esa persona que puede haber tenido. Pero decidí no tener.

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